viernes, 05 de enero de 2007

Dios.Patria.Fueros.Rey Legítimo 

 

 Índice

 

 Círculos carlistas

 C. C Aparisi y Guijarro

 C. C. C. San Miguel

 C. C. La Lealtad

 

 Secretaría de prensa

 Comunicados

 Noticias

 Notas de prensa

 Especiales

 

 Opinión

 Política

 Bióetica y moral

 El rincón de Federico

 

 El carlismo

 Artículos de historia

 Pensamiento   tradicionalista

 Documentos históricos del carlismo

 Monografías

 Biografías

 Archivo histórico carlista

 

 Jóvens carlistes

 

 Crítica literaria

 

 Extras

 Himnos y canciones

 El carlismo en tu PC

 

 Prensa carlista

 Boletín Reino de Valencia

 Ahora Información

 

 Enlaces

 Comunión Tradicionalista Carlista

 Cruz de Borgoña

 

 Bazar carlista

 

 

 

 

 

 

Antonio Aparisi y Guijarro.

Valencia, 29 de marzo de 1815- Madrid, 5 de noviembre de 1872

Discurso apoyando una enmienda al proyecto de contestación al de la corona. 4 de febrero de 1865

El diputado que suscribe tiene la honra de proponer al Congreso la siguiente enmienda al párrafo último del proyecto de contestación al discurso de la Corona:

 

"Los diputados de la nación española temen entristecer con lo que van á decir al bondadoso corazón de vuestra Majestad; pero no serían completamente leales, si no fueran completamente sinceros. A punto han llegado las cosas, que es ya imposible no confesar humilde y noblemente, que, con la mejor fe sin duda, y con la más laudable intención se ha errado lastimosamente el camino. Observando que en tiempos pasados no marchaba la cosa pública por el mejor, emprendimos otro nuevo, imaginando que por él había de arribar el pueblo español a región afortunada de paz y libertad.

 

"Señora, el pueblo español ha llegado al borde del abismo; es necesario salvarlo retrocediendo, sobre la unidad católica, fuerza ,y salud de la patria; sobre el Trono de vuestra Majestad, lazo de unión y emblema de vuestras glorias; salvar en fin, la libertad, aspiración en todos tiempos de las almas generosas. Gravísimo es el mal; difícil el remedio; no imposible, Señora. No es imposible, si contando con la ayuda de Dios y con el leal concurso de  la inmensa mayoría de los españoles religiosa y monárquica, se trata con resuelta voluntad de ordenar la Hacienda; introducir economías corta corrupciones, corregir abusos, administrar á todos justicia, y sostener dentro y fuera de España la causa del derecho y del honor, contra los insultos de la impiedad, o las demasías bruta­les de la fuerza. No es imposible, Señora, si combatiéndose al espíritu revolucionario, que con el desprecio de la autoridad irrita y desenfrena ambiciones y concupiscencias y llega por los caminos de la anarquía con el más innoble despotismo se hace reinar en todas partes el principio católico que, con grande la autoridad y ennobleciendo la obediencia, afianza todos los derechos con cumplimiento de todas las obligaciones, y da al mundo pueblos sumisos y libres, y Reyes benignos y justicieros.»

 

En apoyo de esta enmienda, firmada para autorizar su lectura, por los Sres. D. Antonio Cánovas del Castillo, D. Juan Francisco Camacho, D. Juan Moret, D. Frutos Saavedra Meneses, D. Ramón de Campoamor y D. Modesto Lafuente, dijo la sesión del 4 de Febrero de 1865.

 

El Sr. APARISI Y GUIJARRO: Señores diputados: es difícil adivinar lo que vosotros, en estos momentos, verme en pié, probablemente pensáis; vosotros, al menos los que fuístes en las pasadas legislaturas mis compañeros muy queridos, pensáis: «El Sr. Aparisi va de seguro á ha­blarnos de su antigua manía. En tiempos de la unión liberal, cuando se hallaba ésta en la plenitud de su gloria, ya divisó en el horizonte español una temerosa nubecilla; después le vió encapotado y negro; en adelante pareciole oír los pasos de la revolución que se acercaba; al fin imaginó, sin duda, que la revolución estaba golpeando á las puertas de la ciudad; hoy es capaz de decirnos que la revolución ha entrado ya dentro de la ciudad.”

 

Lo que yo os he de decir, en breve lo sabréis: si me fuera lícita preguntar y á vosotros contestarme, yo os preguntaría: ¿Estamos bien? ¿Está el cielo sereno? ¿No amenazan por buena dicha á la patria amadísima eminentes peligros? ¿Qué es esto que vemos? ¿Qué es, cómo llamáis, cómo definís ese conjunto de cosas que se nos viene dolorosamente á los ojos; desconcierto en los que mandan; la Hacienda en la agonía; la prensa, salvas excepciones, desenfrenada; perturbación en las ideas, confusión de lenguas, y sobre todo, fracciones de fracciones de partirlos disueltos disputando eternamente, destronándose, deshonrándose? ¿Qué es esto? Esto no será revolución; pero esto se llama, me duele decirlo, esto se llama disolución.

Creedme, señores diputados, y me haréis justicia y merced; de mil amores guardaría hoy silencio; tuviera yo por buena dicha que los electores de Serranos no se acordaran esta vez del hijo humilde de Valencia; mas puesto que por la voluntad de ellos estoy aquí, me levanto á hablar, no sin vencer como siempre grandes repugnancias, y con profunda, indecible tristeza. No sé si tengo obligación de hablar; pero sé que después de hablar he de sentir más tranquila mi conciencia.

 

Quisiera hablar con gran sencillez, cual conviene en días tristes y solemnes; que no es esta ocasión para artificios retóricos, sino para decir clara y desnudamente toda la verdad.

Holgárame también, á ser posible, que por una hora ti dos (sentiría molestaros) olvidáseis prevenciones Y preocupaciones de partido; os acordáseis solo de que sois españoles, que un español es quien os habla, vuestro compañero, vuestro amigo, uno de vosotros. ¡Ah, señores! Si hoy estamos separados, me da el corazón que andando el tiempo, y quizá no haya que andar mucho, estaremos unidos; que si sobrevienen días turbados y borrascosos, si nos visita la revolución, sospecho que no hará gracia ni á los de la derecha, ni á los de la izquierda, ni á los del centro; á todos, sin exceptuar á ninguno, nos ha de medir con la misma rigorosísima vara; á todos los que hoy militamos en campos contrarios, á todos nos ha de echar, despiadada y cruel, en un campo común.

 

Pensando en esto me ocurrió que hace años, siendo yo casi un niño, leí en cierta obra, apenas conocida, un trozo que me causó profunda sensación, en tanto grado, que son ya pasados largos años, y si no recuerdo la letra, recuerdo perfectamente la sustancia.

Alguna vez os he hablado de sueños; permitidme que os hable ahora de historia.

 

Era la obra á que aludo un discurso que á últimos del siglo XVII pronunció Fray Hortensio Paravicino, orador famoso, sobre el diluvio universal. Según él, en la víspera de aquel día en que el cielo había de ver á la tierra convertida en inmenso desierto de aguas, en la víspera de aquel día espantable, los hombres que eran sabios y libres, olvidados de Dios ú despreciadores de él, cantaban y danzaban; y dábanse enteros á todo linaje de placeres. Y dice el orador que el horizonte se encapotó de repente y comenzó furiosamente á llover, en términos, que no parecía sino que el cielo, convertido en agua, se venía sobre la tierra. Y pinta primero el asombro, y después el terror, y a la postre el pasmo de la gente: pálida y ansiosa abandonaría las poblaciones que invadían las aguas y corría á ganar las montañas vecinas, y trepaban por ellas hasta encaramarse á lo más empinado de las cumbres. En ellas encontraron hombres que eran en el día anterior mortales enemigos por cuestiones de amor, de honra, de hacienda: pero entonces no se acordaban de sus odios, sino que huyendo el peligro horrible, apiñándose unos contra otros, y se estrechaban, y se abrazaban. ¡Amargas caricias, exclama el orador, amargas caricias las de la necesidad; desesperados abrazos los de la agonía!

 

Pues bien: si llega el día de la revolución, la revolución será espantosa; todos nos hemos de ver en amarguísimos trances; muchos os habéis de encontrar en país extranjero, donde siempre se come el pan desabrido, y entonces señores, nos miraremos, y nos volveremos á mi atónitos, y diremos: «sin duda perdimos el juicio”. Y al pensar en los males de la patria por nuestro culpa, no podremos contener las lágrimas, y nos arrojaremos los unos en brazos de los otros... ¡Amargas caricias las de la necesidad! ¡Desesperados abrazos los de la agonía!

 

¿Aplaudís? me alegro: argumento es que convence que vuestro corazón siente como el mío; lástima grande que no vea vuestro espíritu lo que ve mi espíritu; ¡oh! Si lo vieseis, comprenderíais que seria muy cuerdo, muy noble, y nos traería la bendición de la patria y la admiración del mundo, si movidos de un sentimiento sublime, arrojáramos lejos de nosotros ruines preocupaciones y odios villanos, ó diésemos tregua, por signo tiempo al menos, á nuestras iras patrióticas, y puesto que hay cuestiones gravísimas que deben resolverse hoy antes que mañana; cuestiones que debemos examinar, no como hombres de partido, sino como españoles, pues tocan á la honra de España ó á la existencia de España; dejando á un lado luchas estériles en que sólo aspira á salir ganancioso el amor propio, con calma, con templanza, con patriotismo, procurásemos unidos salvar el orden en España y poner muy alto su honor á los ojos del mundo.

 

Todos convenís, porque sois buenos, en que sería este proceder cuerdo y noble y admirable, y sin embargo, si yo seriamente os lo propusiera, hasta las paredes de este Santuario de las leyes se reirían de mi candidez parlamentaria.

 

No hay remedio, es preciso luchar; llegó el día de la gran batalla; es preciso que España continúe asistiendo á ese eterno disputar sobre personas y sobre miserias. Ahora se abrirá un juicio solemne; los de la mayoría y vosotros, los de la minoría, ocupareis alternativamente el banquillo de los acusados. ¡Plegue á Dios infundiros templanza! Pero mucho me temo que vosotros los de la mayoría y Vosotros los de la minoría saldréis destrozados de esta lucha, que la patria nada ganará, que sólo ganará quien hace mucho tiempo que está siempre ganando, ese terrible, ese funesto personaje para quien todos nosotros, sin quererlo y sin saberlo, miserablemente trabajamos.

 

Ese personaje se llama... revolución

 

Señores diputados: paréceme que si no mienten las señas, asistimos al fin de una época; paréceme que estamos en el principio del fin.

 

España asemeja á una antigua y nobilísima casa en que el padre de familia, su jefe, puso el gobierno en manos de mayordomos; eran buenos, pero al fin mayordomos. La familia gastó más de lo que tenía y se dió suelta peligrosa á hijos y sirvientes; y un día vino y encontróse el padre, a un mismo tiempo sin paz y sin hacienda.

 

¿Quién tiene la culpa de que España se asemeje á eso casa? Si me lo preguntáis, contestó que todos; y el alguno se levanta á tirar la primera piedra, de seguro merece ser apedreado; y si alguno fuera inocente, yo quiero que se confiese pecador; que no es esta ocasión de humillar a nadie, sino de salvar, hijos de la misma patria, á la madre común, por nuestras culpas desdichada.

 

Con este intento, no hablo de tiempos pasados; ¡harto tenemos que entender en lo presente! Sin embargo, quisieron porque conduce á mi propósito, traeros á la memoria algún recuerdo. Recordad que en este sitio y de esa urna sacaban los secretarios, no sé si con mano trémula, papeletas en que estaba escrito un sí ó un no; un si ó un no a la unidad católica, al Trono de San Fernando, á la augusta Señora que se sienta en ese Trono, y á quien la posteridad confirma al sobrenombre que le hemos dado de buena. Entonces la necesidad, el temor, el valor grande y el intrépido corazón de un hombre crearon un gran partido, ¿porqué no hemos de decirlo? un gran partido. Este partido debió tener como por encargo providencial combatir la revolución que avanzaba, combatir á la democracia demagógica que se presentaba en tierra española. Ese partido sin embargo, no lo hizo así. Llevaba en su seno un principio cuyo oficio natural era dividir, disolver, corromper y matar; y merced a ese principia, la democracia crecía y se agitaba, como reconoció solemnemente su orador más insigne, crecía y se agitaba, mientras que por virtud de ese principio iba disolviéndose la unión; y una irás otra abandonaron su campo en cuatro fracciones, todas respetables; y el conde de Lucena sintió débil, vaciló y cayó.

Pasaron después por ese banco tres sombras de ministerio. Miraflores, Arrazola, Mon; patricios insignes, médicos, pero no para enfermo tan grave. Este enfermo estaba muy enfermo, y ellos se contentaban con perfumar la habitación y hacerle cambiar de postura: alivios pasajeros. Con tales medicinas, ¿cómo se había de curar el enfermo que tenía el mal en las entrañas?

 

Recuerdo lo que en tiempo del Sr. Mon vi en la Corte y observé en provincias. En aquella sazón recordaréis bien que la revolución, que saca principalmente su fuerza de la flaqueza de los gobiernos, quiso dar gallarda muestra de sí, y por esa calle vecina, tanto que no parece exagera do decir que desde aquí podían oírse las pisadas, la revolución pasó en silencio amenazante y en pomposa procesión, como si quisiera que Madrid, capital de España, reconociera á sus futuros gobernantes Y desde los campos Elíseos, bien os acordareis, intimó su voluntad y señaló un plazo fatal para cumplirla; si no me es falaz la memoria, el de dos años y un día. Algunos rieron entonces; los que piensan, temblaron. A poco pudisteis notar una vaga inquietud en los ánimos, y turbados los espíritus con ese vago y funesto presen­tir de próximas desdichas.

 

Recuerdo que entonces hablaba con los caídos, que suelen ver un poco más claro, y decían: no hay remedio, es inevitable la revolución; hablaba con los que ocupaban altos puestos, que semejantes á los bien hallados con vida próspera y holgada, temen morir, y sin embargo me decían “peligro hay; pero no; la revolución no estallará este verano, á no ser que lograra seducir algún cuerpo del ejército”.

 

¡Triste país, pensaba yo, en que se libra la paz y el orden social en la fidelidad de un general o de algunos sargentos á su bandera! Esto en Madrid.

 

Lo que observé en provincias, todos los que sois de provincias lo observaríais también. No hablo del descontento; el descontento es ya antiguo; llegaba, sin embargo, á su colmo; pero notaríais además un desaliento profundísimo en todos pero hombres conservadores. Yo hablé con muchos de aquellos que se estremecen al solo nombre de revolución y les ví encogerse, bajar tristemente la cabeza como quien se resigna dolorosamente a una fatalidad inevitable. Y lo es que crean los hombres verdaderamente conservadores que no puede conjurarse la revolución, no; creen que puede conjurarse, que es posible, que es fácil; pero ven con dolor, que al cabo produce desmayo, que los gobiernos con sus casi increíbles ceguedades están llamando la revolución. Recuerdo que una vez desde este sitio increpé á la inmensa mayoría de los españoles porque escondían en sus casas su virtud y su patriotismo: fui quizá injusto con ellos; ellos no arrojan á la calle, y no se ponen valerosamente al lado del Gobierno porque no tienen confianza en el Gobierno; porque temen que el Gobierno, sin quererlo y sin saberlo, les entregue en manos de la revolución que detestan. El desaliento general que observé, aquella triste resignación a lo que por culpa de los Gobiernos parece inevitable, prueba que están muy postradas las fuerzas conservadoras. Ellas cobrarían nueva vida y gran vida, si hubiese en España Gobierno.

 

Por lo demás, en aquella sazón de cosas era común sentir y general deseo que su Majestad constituyera un ministerio de fuerza, un ministerio que diese batalla a la revolución; porque es claro que si la revolución va creciendo y avanzando, ó habéis de caer sin gloria á sus pies, ó habéis de reñir con ella campal batalla, y vencer ó sucumbir; pero cuanto más se tarde en dar batalla, más debilitadas estarán las fuerzas conservadoras.

 

Tal era el común sentir y general deseo: para dar la batalla se necesita un ministerio de fuerza. Cada cual, según sus afectos, no quiero decir según sus intereses, señalaba como al hombre predestinado al general duque de Valencia o al general duque de Tetuán. Su Majestad la Reina llamó al primero á la presidencia de su Consejo.

 

Yo voy á hablar del duque de Valencia: yo voy á decir cosas que le serán desagradables; yo hablaré, como tengo de costumbre, sin ánimo de ofender, con la debida cortesía; que aunque la palabra mía es desaliñada y pobre, gracias á Dios soy bastante señor de ella, para que no se me escape ninguna inconveniente.

 

Yo hablaré del duque de Valencia, como hablé en otro tiempo del duque de Tetuán; yo he atacado mil veces enérgicamente al duque de Tetuán; pero nunca desconocí sus eminentes cualidades en la próspera fortuna y menos en la adversa. Yo quiero decirlo ahora: aprobé en su tiempo la anexión de Santo Domingo, y no he de condenarla hoy. Palpité de júbilo al considerar con los ojos del espíritu tremolando sobre las torres de Tetuán las banderas de Isabel la Católica, y no he de escatimar ahora la gloria que ganó el conde de Lucena para su nombre y para su patria. No fue gloria cumplida; pero al cabo fue gloria.

 

Lo propio digo del general duque de Valencia. En su historia habrá cosas que repruebo; pero hay cosas que ensalzo. Yo no olvidaré nunca que ese hombre es el hombre de Bullwer, el hombre de 1848, y el que arrojó de España  en aquella sazón al representante de la nación más poderosa del mundo, reveló que tenía en su alma algo del alma del Cardenal Cisneros. Y digan lo que quieran, fue gran cosa en medio del trastorno general ver á ese hombre en pié, sereno, impávido al lado del Trono de su Reina, y á no levantarse con tranquila majestad, mientras que todos los tronos de Europa temblaban y se derrumbaban algunos.

 

Dígolo esto para que sepa el general duque de Valencia que sé hacer justicia á cualidades eminentes y á hechos gloriosos, y comprenda con qué dolor, con qué profunda repug­nancia, dentro de breves instantes he de decir cosas que le han de ser desagradables.

 

Se podía esperar algo, se deba esperar mucho del general Narváez, del hombre que había dado de sí pruebas tan gallardas en punto á claridad de entendimiento é intrepidez de corazón. Había vivido además algunos años en Paris; había vivido algunos en Loja, ¡grandes universidades para aprenderla ciencia nueva! Pero el general Narváez no la aprendió. Al ser llamado de nuevo á los Consejos de la Corona se presentaba una ocasión grande para un hombre grande; por lo visto esta tierra de España no los produce, agotada su virtud sin duda en sostener á un pueblo nobilísimo. Grande era esta ocasión para un hombre grande; pero el hombre de Bullwer, el hombre de 1848, el que pudo estudiar en Paris y aprender en Loja, no acertó á ver que el pueblo español está harto de luchas estériles, tiene hambre y sed de justicia y de libertad verdadera; los partidos políticos disueltos; la revolución creciente y amenazando, o no sintió corazón bastante para pronta y audazmente recoger toda la autoridad, todas las fuerzas morales, todas las fuerzas conservadoras del país, y levantarlas, y animarlas, y caer sobre la revolución, y dar la batalla y vencerla; y des­pués de tantas situaciones efímeras, después de tantos ministerios de partido, crear un estado fecundo y un Gobierno verdaderamente nacional.

Grande era esta ocasión para un grande hombre. Al ser llamado Narváez, unos esperaban, otros temían; yo pronto desesperé; yo ví que su señoría no se iba hacia el Sr. Nocedal, sino que se iba hacia González Bravo, y á seguida comprendí todo lo que había de acontecer. Nombré al Sr. Nocedal; y no se ofenda su modestia, si yo, su amigo cada día más cordial, afirmo que es uno de los pocos hombres que en medio de tantas ceguedades ve claro, y en medio de tanto miedo vergonzoso conserva generosísimos alientos.

 

El Sr. Duque de Valencia volvió la espalda al Sr. Nocedal, y fue á unirse al Sr. González Bravo. Yo no ofendo al Sr. Gonzalez Bravo; no puedo ofenderle. ¿Por qué? Porque sólo puedo decir de él que salvo en dirigir elecciones, es liberal, muy liberal, eminentemente liberal..... al uso del día. Esto no ha de tomarlo su señoría como ofensa; esto le sonará como lisonja. Por lo demás, nadie conoce mejor que yo sus grandes cualidades. ¡Qué hombre! ¡Qué palabra tan pintoresca y animosa! ¡Qué corazón tan ardido dentro del pecho! ¡Qué hombre, en fin, si la naturaleza le hubiera hecho para gobernar y no para agitar. No lo creeréis; pero el general Narváez, abrazándose al Sr. Gonzalez Bravo, acaba de ahogar al partido moderado, y desde ese punto yo vi, sin tener larga vista, todo lo que había de acontecer; yo vi que habíamos de tener una continuación de la antigua fratricida lucha entre el partido moderado y la unión liberal, una continuación tristísima de aquella miserable subasta de liberalismo de que hablaba con elocuente voz mi amigo el Sr. Nocedal. Y eso es lo que pasa, y eso es lo que veis aquí, no hay más que la continuación de esa lucha y de subasta. Conocéis el origen de esa lucha, y su historia fatal. El general Narváez, entendido y valeroso, á pesar de la naturaleza que dudo yo que le hiciera moderado se puso al frente de este partido; era su jefe reconocido, casi rey. Llegaba poco después a muy altos puestos otro hombre nacido también para mandar; encontró el primer puesto ocupado, y esperó, porque es paciente: ese hombre era el conde de Lucena. Las circunstancias y su valor le pusieron al frente do otro partido, y el conde de Lucena, que él dice que es liberal, cayó en la flaqueza de quererse manifestar más liberal que el partido moderado. Yo soy más liberal dijo; el Sr. Gonzalez Bravo, en cinco años de enérgica lucha, contestó al señor general O´Donnell: no eres liberal, liberal soy yo. El Sr. Gonzalez Bravo tuvo sin duda la idea de rejuvenecer al partido moderado por un procedimiento antiguo, introduciendo en las venas del viejo la sangre de la joven, é introdujo en el partido moderado la sangre de la democracia. Ahora ha subido al poder; ahora se ha ido, y lo probaré á seguida, muy liberal; ahora  que estos señores de la unión tengan el mal gusto de querer luchar en ese campo con el Sr. González Bravo. Desde ahora lo anunció: serán vencidos; fuera de elecciones, nadie le vence, y en elecciones no llevan ni llevarán ventaja a su señoría, ni sus antecesores ni sus sucesores; en elecciones todos creerán necesario influir, porque es necesario vivir. Por eso cuando observo que el Sr. Posada Herrera se Levanta en este sitio y clama contra la corrupción electoral, me edifica; pero confieso que es el hombre de más valor que hay en España.

 

Si el único encargo, si la obligación única, si el único altísimo deber del general Narvaez hubiera sido destruirá la unión liberal, confieso que el plan estaba bien combinado, pero salió errada la cuenta. Hubo de decir: nombro ministro de la Gobernación al regenerador del partido moderado; pongo por delante de él á los Sres. Arrazola y Seijas, ornamento y gloria del partido: de esta suerte los antiguos mo­derados, los recalcitrantes, no se atreverán con el Sr. Gonza­lez Bravo por temor de atropellar á los Sres. Arrazola y Seijas. En este punto ya salió fallida la cuenta. Hubo de decir: me asocio á Gonzalez Bravo: él es el ministro mas liberal que puede haber en el mundo, y siéndolo, las cuatro fracciones protestantes de la unión liberal vendrán á mi campo, ó por lo menos, no retornarán al antiguo, y de esta suerte el ejército del general 0'Donnell permanecerá flaco. Sobre esto hubo de pensar: halagaré al partido progresista, le lisonjearé, le llevaré, general en jefe al campo electoral y daré con él una batalla á la unión liberal y no quedará uno á vida (perdonadme la vulgaridad de la frase). Confieso que el plan estaba bien combinado, pero que la cuenta salió fallida: y fuera un gran pensamiento si vosotros fueseis lo único malo que hay en España. Pero el lance está que nosotros no somos mejores; y el caso es que lo que hay que hacer en España es cerrar los ojos á cosas pasadas, per­donar extravíos, fundar un Gobierno, y recoger á todos los hijos de España. Muchos que ahora no edifican, serían ejemplares si en España hubiese Gobierno.

 

Salió, pues, á pesar de que el plan era bueno, fallida la cuenta; perdimos los que no tenemos mas pretensión que ver pacifica y engrandecida á la patria; perdimos con vuestras luchas eternas; perdimos sobre todo con esa mísera subasta de que antes hablé; porque aquí, señores, no se entiende por ser más liberal el ser más justo, el guardar más religiosamente el derecho de todos, el aliviar las cargas del pueblo, el dar los empleos á la honradez y á la virtud, el mirar por los pobres y pequeños: no, no se entiende así; aquí pasa por más liberal ¡oh, aberración inconcebible! el que consiente más suelta á las pasiones, siquiera sean malas, el que deje más desamparados los intereses sagrados do la sociedad el que favorece más abiertamente los crecimientos de la revolución..... ¿Me engaño por ventura, señores diputados? ¿No es esto cierto? Da ahí nace que luchéis unos con otros, y cada cual cuando le llega la vez o se le rinda la ocasión proclama doctrinas más liberales; de ello se goza la revolución; la revolución con ello adelanta; la revolución, con ello más poderosa, está a la puerta viendoos despedazarse miserablemente, y cuando estéis en lo más reñido de la refriega, la revolución puede dar el último paso y barrernos a todos y acabar con lo que amamos, con lo que respetamos, y acabar con ello a pesar de la majestad de los siglos que lo defiende y consagra. ¡Ah, que poca elevación de espíritu, siento decirlo, tienen nuestros hombres políticos! ¡Ah, cuan poca ambición, hablo de aquella altísima ambición que solo sintieron los grandes hombres, se abriga en el pecho de nuestros hombres políticos! Porque ellos debían ver que hoy hemos llegado a un punto en que no hay, no puede haber, no habrá más que dos partidos; la revolución tiene ya su jefe que la guía; además la revolución no necesita jefes porque anda sola; lo que está vacante es un puesto eminente; el puesto de jefe de los ejércitos del orden. Quien lo ocupe, quien reuniendo todas las fuerzas conservadoras derrote a la revolución estableciendo el reinado de la justicia, ese ganará fama imperecedera, su nombre quedará inscrito, mejor que en bronces y mármoles, en el corazón de los hombres, y ese vivirá mientras el mundo viviere.

 

 

 

Esta página está editada por la Comunión Tradicionalista Carlista del Reino de Valencia. Las opiniones vertidas son responsabilidad de sus autores salvo aquellas sin firma, de las cuales se responsabiliza el editor de la página. Se permite la reproducción de los textos e imágenes, siempre que se utilicen de buena fe y se cite autor, si lo hubiere, y procedencia