jueves, 26 de octubre de 2006

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26 de octubre de 2006. Opinión política. La niña bonita del ayuntamiento. por Victor Puigdengolas Sustaeta

     

 

Las elecciones municipales se acercan y como siempre los partidos políticos que obtengan su acta de concejal intentarán hincar el diente en la perla de la corona, o dicho de otro modo, en la tan ansiada Concejalía de Urbanismo.

 

Y es que la Concejalía de Urbanismo es realmente la niña bonita de los Ayuntamientos; la perla a la que la democracia local debe agradecer sus grandes dotes de persuasión. Persuasión, sí, porque esta venerable Concejalía hace que los partidos políticos dialoguen entre ellos, dejen sus banderías políticas para otros menesteres y se vuelquen por completo al servicio del bien común… Bendito tesoro que logra que la ideologización de la cosa pública no alcance a esta Concejalía, preservada siempre de la ya tan crispada vida política. Fíjense ustedes en las tamañas virtudes de la misma, que ha conseguido hasta ahora asombrosas reconciliaciones entre partidos políticos radicalmente opuestos. En el reino de Valencia podemos ver a la Derecha estatal pactando con los nacionalistas de izquierda y a la Izquierda estatal con los correspondientes de derecha, e incluso de vez en cuando podemos contemplar maravillados como milagros laicos unen a Izquierda y Derecha ¿asombroso, verdad?

 

Pero ya sabemos que los encantos de cualquier tesoro pueden mermar las virtudes altruistas de nuestros políticos locales. La generosidad con la que ellos acceden a cargos públicos puede verse alcanzada por un pecado capital, la avaricia, que deja una aparatosa mella no solo en ellos, sufridos pecadores como todos nosotros, sino también en el patrimonio público, donde sí somos nosotros, sufridos contribuyentes, los únicos afectados.

 

Quizás sea la ingenuidad de nuestros regidores respecto a los temibles encantos de la Concejalía de la que hablamos, pero después de tantos años padeciendo multitud de casos de corrupción urbanística, no me explico por qué razón no se han emprendido medidas serias frente a las recalificaciones de terrenos extra legem y frente los delitos contra el patrimonio y el medio ambiente.

 

A consecuencia de la preocupante corrupción urbanística, los partidos políticos han decidido poner coto a tanta corruptela, como si con ellos no fuera la cosa, y el Congreso de los Diputados ha aprobado una moción de IU-IC, pactada con el PSOE, en la que se insta al Gobierno a estudiar reformas legales para regular las incompatibilidades entre los altos cargos de gobiernos municipales vinculados con la construcción y urbanismo. En esta iniciativa se solicita un proyecto de ley del suelo que garantice los derechos de los ciudadanos frente a la especulación urbanística y un incremento de los medios judiciales y policiales para combatir los delitos de la ordenación del territorio. Asimismo,  el próximo mes de junio comenzarán a ser operativas las nuevas 25 plazas de fiscal que el Gobierno ha decidido crear para evitar la existencia de nuevas tramas de corrupción en el seno de la Administración Local. ¿Servirán para algo estas medidas? Les anticipo ya que no van a solucionar un ápice la corrupción urbanística existente. La Organización No Gubernamental “Transparencia Internacional” ha publicado recientemente un informe en el que afirma que “el problema de fondo no está en las actuaciones corruptas de actores individuales, sino en la corrupción institucionalizada vinculada a la obtención ilícita de fondos para los partidos. Éste es el principal cáncer y en el que el nuevo Gobierno deberá demostrar voluntad moralizadora”. Quizás deban plantearse –y permítanme que me ponga a hablar en carlista- que la solución a tanta “corruptela” pasa por devolver a los municipios su forma de representación tradicional: la representación orgánica.

 

Como dice esta ONG, la financiación de los partidos políticos es una de las primeras causas de la especulación urbanística de este país, pero la partitocracia local ¿realmente nos interesa? El actual sistema de representación solo nos permite que votemos a una lista cerrada cuyos candidatos son elegidos no ya por las bases de los partidos, sino por los grupos de interés existentes en los mismos. Lermistas; ciscaristas; zaplanistas; campsistas por no hablar de las diversas facciones de nuestros comunistas o nacionalistas locales. Estos grupos de poder son la mano que mece la cuna en lo que a representación local y regional se refiere. Salvo la papeleta que se deposita en la urna cada cuatro años, la sociedad no tiene nada que decir en lo que atañe a la gestión de los intereses comunes. Son estos grupos de poder quienes deciden al fin y al cabo quien va a ser el alcalde y quien el concejal de urbanismo en tal o cual Ayuntamiento. Nuestra papeleta es la excusa –ellos hablan de legitimidad democrática- para que en el reparto del pastel el pedazo que corresponda al partido sea más o menos grande.

 

Una representación orgánica, en la que la sociedad elija a sus representantes de acuerdo con su profesión, oficio o situación es la garantía de una mayor participación de la sociedad en la gestión de los intereses públicos y la mejor manera de dotar de transparencia a la gestión de los mismos. Si barrios y pedanías, colegios e institutos, sindicatos, gremios y colegios profesionales, familias y asociaciones tienen sus propios representantes en las corporaciones locales, los consistorios serían una auténtica fotocopia –aunque reducida, pero fotocopia al fin y al cabo- de las inquietudes y necesidades de los vecinos del municipio. Si estos representantes orgánicos eligen a su vez al equipo de gobierno que va a ejecutar las decisiones que se acuerden en los plenos, conseguimos que los

ayuntamientos, además de tener una representación real de sus vecinos, tengan que velar por los intereses de los mismos y que cuidar de que ningún espabilado intente medrar a costa del resto. Asimismo, si sumamos a este sistema de representación corporativa las otras dos instituciones que nos ha legado la tradición política española, esto es, el Mandato imperativo por el que el elector faculta su representante para que le represente en cuestiones concretas y el Juicio de residencia por el que el representante se somete a la revisión de sus actuaciones, reto a que alguien me diga si hay una fórmula mejor para garantizar, no ya la representatividad de la sociedad, sino la transparencia en la gestión de la cosa pública.

 

Solo así la apreciada Concejalía de Urbanismo sería la auténtica “niña bonita” del Administración local, una concejalía que no se limitara a planear y gestionar calles, plazas, viviendas y equipamientos, es decir, a crear ciudad, sino también a cuidar por las necesidades de sus vecinos dando cabida, por ejemplo, a lo dispuesto –ahora que todos son constitucionalistas acérrimos- en el artículo 47 de la Constitución Española, que afirma que todos los españoles tenemos derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada y que los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho.

 

Evidentemente no hay una fórmula mágica para evitar la corrupción, pero si garantizamos la inmediatez de la sociedad en la gestión de sus propios intereses seguro que la corrupción urbanística sería la excepción y no la regla, ¿acaso alguien roba en su propia casa?

 

 

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