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En este sentido puede, en principio, ser
aceptada por un cristiano. Y ese sentido es
el que damos al término en el presente
artículo
El escritor americano Georg Weigel ha
publicado un interesante libro que en su
traducción castellana se titula: “Política
sin Dios”.Viene a concluir que la democracia
no puede subsistir sin la fe en Dios.
Recurre a la obra del P. de Lubac, “La
Tragedia del Humanismo Ateo” en la que se
afirma que los ateos tienen la desgracia de
no poder explicar en qué fundan sus
convicciones.
Efectivamente, y la historia lo demuestra,
los regímenes democráticos pueden
convertirse en tiranías si los gobernantes
elegidos por votación no limitan su poder,
reconociendo que sobre ellos hay una ley
superior.
El conflicto de las caricaturas de Mahoma es
una prueba del fallo de la democracia que da
a la libertad un valor absoluto. La Junta de
Gobierno de la CTC en su declaración del
pasado día de la Inmaculada, recuerda que la
libertad se ejerce positivamente eligiendo
lo bueno y lo verdadero.
Hoy el mundo occidental se encuentra ante un
absurdo ataque a la fe de los musulmanes que
no puede condenar, porque la libertad de
expresión está por encima de todo. Nosotros
no lo vemos así. Nadie tiene derecho a
ofender gratuitamente a los demás, sean
musulmanes, cristianos o budistas. Cuando se
utiliza la libertad para algo que no es
bueno o verdadero, llegamos a tales
situaciones de injusticia. No tiene la menor
gracia que haciendo un uso no necesario de
la libertad de expresión unos periodistas
hayan provocado un conflicto de amplitud
mundial que ya ha producido grandes daños,
incluso muertes. A ver cómo acaba.
El uso inmoderado de la libertad de
expresión es contradictorio con la
democracia. En efecto: permite la ofensa
gratuita a determinados colectivos.
Perturba, incluso rompe, la convivencia
pacífica que es la base de la democracia.
Claro que los demócratas más demócratas dan
por supuesto que las ofensas más crueles a
la fe de sus conciudadanos les han de salir
gratis, porque ante el valor absoluto de la
libertad de expresión a los ofendidos no les
queda más remedio que aguantarse. Cosa que
hoy ocurre en España.
En España, al menos, la democracia es
incompatible con el cristianismo. La
historia lo demuestra. Cierto es que ha
habido y hay grupos que a la vez son
cristianos fervorosos y defensores del
sistema democrático. Pero se ven obligados a
convivir con otros agnósticos que son
radicales en sus convicciones. No sólo se
limitan a desterrar de la vida pública toda
señal de religión, sino que terminan con la
destrucción de la familia, la negación del
derecho de los padres a educar a sus hijos y
el fomento de toda clase de inmoralidades y
perversiones. Eso lo tenemos ahora en
España. Y no han pasado muchos años de
cuando el aparecer en una lista de una
peregrinación era motivo para ser asesinado.
¿Tardaremos mucho en llegar a ello?
El católico demócrata respeta las
convicciones de los no católicos. Son muy
raros los demócratas agnósticos que
corresponden del mismo modo. Y, en todo
caso, esos pocos siempre se han mostrado
impotentes para exigir a sus masas un
comportamiento de acuerdo con el principio
de convivencia.
Por eso en un sistema democrático, como el
actual, se vive en constante tensión y
lucha. Las intemperancias de quienes se
erigen en paladines de la libertad lo hacen
inevitable. Y nuestros políticos pierden el
tiempo discutiendo sobre todo lo habido y
por haber mientras no se resuelven los
desastres del Carmel y de Guadalajara, no se
protege a la familia y las pensiones de las
viudas las condenan a la indigencia. Entre
otras cosas.
El católico se siente obligado a ejercer la
libertad positivamente eligiendo lo bueno y
lo verdadero. De hecho así ocurre. No podrán
presentar ni miembros de otras religiones ni
partidos políticos ejemplos de burlas
gratuitas por parte de católicos. Esto debe
servir como garantía a los no católicos de
que en una democracia que reconozca la
supremacía de la Ley de Dios, sus derechos
serán mejor respetados que lo que son hoy
los derechos de los católicos.
La Fe es algo que no puede ser exigido a
quien no la tiene. Por tanto, es difícil que
un agnóstico crea que procede de Dios la ley
que pone límites a la voluntad de los
hombres. Sin embargo no le será difícil
reconocer la limitación humana, su propia
limitación, y admitir que en la naturaleza
hay algo que impide dar un valor absoluto a
esa libertar que consagra la Revolución. De
hecho, en el campo acatólico han salido
voces que han calificado de improcedente la
publicación de las caricaturas y han pedido
una auto limitación en la libertad de
expresión. Lo han visto necesario ante los
males desencadenados.
Estamos de acuerdo con ellos por una vez.
Solamente nos queda preguntarles en nombre
de qué piden esa auto limitación. Nos darán
mil explicaciones, ninguna de ellas
convincente plenamente. Y es esa la tragedia
del humanismo ateo. Cuando profesa
convicciones buenas no puede dar la razón de
ellas. |