martes, 17 de octubre de 2006

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15 de noviembre de 2003. Opinión política. Roja y rota. por Luis Pérez Domingo

     

 

"Prefiero una España roja a una España rota". Si no recuerdo mal, era Calvo Sotelo quien valoraba hasta este extremo la unidad de la patria. Si el ilustre político nos acompañara hoy a buen seguro que sentiría helársele la sangre en las venas azotado por el gélido vendaval de odio y rencor que recorre nuestras tierras. Porque, contra todo pronóstico, ambas posibilidades que juzgaba excluyentes pueden hacerse realidad de forma simultánea.

 

 

Mientras que comunistas y socialistas recuperan su lenguaje de los años 30 que ya creíamos superado y, lo que es peor, vuelven a cabalgar a horcajadas de sus rancias fobias, sembrando la crispación y mostrando su afán de revancha, los nacionalismos periféricos se aprestan al asalto final con el propósito de desmembrar la patria común.

 

La guerra de Iraq, que tanta polvareda y tanta hipocresía ha levantado, no ha sido finalmente otra cosa que el pretexto para atacar y desbancar al partido en el poder. Y lo han hecho con tal desmesura, con tan singular carencia de responsabilidad, que por momentos daban la sensación de desear el poder a cualquier precio, incluso al de la fragmentación nacional y el hundimiento del propio sistema que tanto les enorgullece. Las manifestaciones callejeras con toda su secuela de desmanes y despropósitos, asaltos a centros comerciales, ataques a sedes del PP, insultos y descalificaciones a sus militantes, agresiones físicas y el boicot a muchos de sus actos, etc. han dejado en evidencia la sinceridad de buena parte de los manifestantes, demostrando que la guerra les importaba un rábano, utilizándola como ariete para derribar al Gobierno y castigar al PP. Y tal ha sido su desgarrada avidez, que no han dudado en instrumentalizar al Santo Padre, con el que ni siquiera en esta cuestión han coincidido. A ese mismo Juan Pablo II, al que tachan de reaccionario y anticuado, al que acusan -cuando les conviene- de invadir esferas que no son de su competencia, al que aconsejan que dimita, y contra el que se revuelven airados después de su quinta visita a España, de la que Dios sabe qué esperaban.

 

Es demasiado perceptible que la guerra es asunto que importa poco a partidos políticos, sindicatos, asociaciones diversas, actores, actrices, cantantes, etc. Ocasiones para protestar contra esa lacra y proclamar sus ansias de paz han tenido en abundancia, y ahora mismo no les faltan para hacerlo. Basta mirar el continente africano, a algún país hispanoamericano, Chechenia, Oriente Próximo... Lo que sucede es que todas esas guerras, tan terribles, tan tenebrantes y odiosas, son poco rentables en términos electorales puesto que no pueden cargarlas en la cuenta de Aznar. Que este és, en definitiva, el secreto de la cuestión.

 

Por eso, las concentraciones nos han dejado algunas reveladoras enseñanzas, mereciendo destacarse la proclividad de comunistas y socialistas hacia la democracia directa, esto es, a la democracia vociferante y bullanguera, de pancartas y denuestos, que desprecia el dictado de las urnas (¿no eran éstas la suprema expresión de la democracia?) para enfeudarse en las supuestas mayorías de los manifestantes y sentenciar la ilegitimidad del Gobierno en ejercicio. Un feroz trampantojo que cuestiona el sistema y lo aniquila a favor de una dictadura enmascarada que acaba practicando siempre el más audaz, el más bochinchero, el menos escrupuloso.

 

Proclamaba muy ufano el secretario general de los socialistas que «Todos los millones de personas que han salido a la calle, comunistas, sindicalistas, socialistas, nacionalistas democráticos, gentes de la cultura, ciudadanos en general, de toda clase y condición, todos somos españoles». (ABC, 7.4.03) No lo dudo, pero ¿podría explicarnos el señor Rodríguez Zapatero cómo es posible que entre todos esos millones no hubo un solo manifestante, ni uno, que enarbolara la enseña nacional? Y ya de paso, que nos diga qué pintaban las banderas republicanas que sí pudimos ver con más frecuencia de la que cabía esperar, o qué pintaban él y sus camaradas en unos actos donde eran las banderas republicanas las que acaparaban el protagonismo con total ausencia de banderas españolas. Enseñas que, sin embargo, se exhiben con generosidad encomiable en eventos deportivos, por ejemplo, y que han ondeado también, bien acompañadas por las de las Comunidades, durante la inolvidable visita del Papa. A lo mejor, también esto nos lo puede esclarecer el secretario general socialista.

 

Lo bien cierto es que, mientras los manifestantes no estimaron necesario censurar a Sadam -no lo hicieron nunca-, no tuvieron inconveniente en tachar de asesino al presidente del Gobierno español (y subrayo lo de presidente del Gobierno español), al que señalaron como digno merecedor del «cinco de copas», tarjeta de presentación de un asesino (éste sí), a la vez que sostenían que «Ejecutar al asesino Aznar es legítima defensa». Que a este extremo se ha llegado, con la complacida aprobación de comunistas y socialistas. Aunque verdad es que no de todos. Razón tenía Rodríguez Ibarra cuando declaraba su acuerdo con las manifestaciones a condición de que no «debilitaran al Estado, ni siquiera al Gobierno», porque «cuando los nacionalistas ven que el Estado se empieza a debilitar, comienzan a atacar fuertemente, como ocurre ahora con pronunciamientos nacionalistas muy preocupantes». Tesis en la que insistía Francisco Vázquez defendiendo la unidad de España frente a los nacionalistas, alertando de que «esto va a ser motivo de seria confrontación en España; siento ser pesimista en un horizonte cada vez más próximo».

 

No comparte Rodríguez Zapatero la preocupación y el pesimismo de sus correligionarios. Por el contrario, todo lo encuentra perfectamente orientado, sin avizorar peligro alguno, ni apreciar divergencias de criterio en sus huestes, aunque Elorza, alcalde de San Sebastián, patrocine -en su bien conocida línea de conducta- la recogida de firmas a favor de los batasunos en el propio Ayuntamiento, y Maragall se emperre en ir más lejos que los nacionalistas catalanes, incluyendo en su oferta la resurrección de la fantasmal entelequia de los «países catalanes», en sintonía con sus aliados de Esquerra Republicana. Todavía más. En una reunión con periodistas y pillado por sorpresa, abogó en el caso del País Vasco por «el Pacto con la Corona», que en román paladino significa -según los nacionalistas vascos- su reconocimiento como nación soberana e independiente, apenas unida a la Corona por unas ligeras puntadas. Todo un porvenir.

 

En ese «todo vale» que los socialistas parecen haber adoptado como lema de su campaña, con la esperanza de que les reporte pingües réditos electorales, poco importa a su secretario general que las contradicciones alcancen enojosas estridencias. Fuera de Valencia, por ejemplo, machaca al PHN al que se opone sin disimulos, instando a los organismos europeos a que no concedan ni un euro. Aquí asegura que no faltará agua y adelanta cuál será la solución si se hace con el poder: nos visitará cada vez que necesitemos agua, porque «Siempre que vengo, llueve». Poderosa razón de Estado, sólida y coherente.

 

Suele decirse que quien siembra vientos recoge tempestades. Esa es sólo una verdad a medias. Cuando esos vientos sacuden a la sociedad, extienden la crispación a todos los ambientes, encrespan los ánimos y multiplican la confusión, no es difícil que las tempestades descarguen en algún momento -lo acabamos de ver- sobre los sembradores y sobre quienes les ríen la gracia, pero indefectiblemente acaban arrastrando a culpables e inocentes. Y en este caso sería España la que sufriría los mayores males, derivados -según un conocido comentarista- de que los socialistas han «construido su alternativa de gobierno con el revolucionario Llamazares, con los antiglobalización, con autodeterministas y mediante recursos como la Huelga General y la violencia. Gracias a ello Zapatero puede llegar a gobernar la Nación. E incluso a destruirla.»

 

Dios no lo quiera.

 

 

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