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Mientras que comunistas y socialistas
recuperan su lenguaje de los años 30 que ya
creíamos superado y, lo que es peor, vuelven
a cabalgar a horcajadas de sus rancias
fobias, sembrando la crispación y mostrando
su afán de revancha, los nacionalismos
periféricos se aprestan al asalto final con
el propósito de desmembrar la patria común.
La guerra de Iraq, que tanta polvareda y
tanta hipocresía ha levantado, no ha sido
finalmente otra cosa que el pretexto para
atacar y desbancar al partido en el poder. Y
lo han hecho con tal desmesura, con tan
singular carencia de responsabilidad, que
por momentos daban la sensación de desear el
poder a cualquier precio, incluso al de la
fragmentación nacional y el hundimiento del
propio sistema que tanto les enorgullece.
Las manifestaciones callejeras con toda su
secuela de desmanes y despropósitos, asaltos
a centros comerciales, ataques a sedes del
PP, insultos y descalificaciones a sus
militantes, agresiones físicas y el boicot a
muchos de sus actos, etc. han dejado en
evidencia la sinceridad de buena parte de
los manifestantes, demostrando que la guerra
les importaba un rábano, utilizándola como
ariete para derribar al Gobierno y castigar
al PP. Y tal ha sido su desgarrada avidez,
que no han dudado en instrumentalizar al
Santo Padre, con el que ni siquiera en esta
cuestión han coincidido. A ese mismo Juan
Pablo II, al que tachan de reaccionario y
anticuado, al que acusan -cuando les
conviene- de invadir esferas que no son de
su competencia, al que aconsejan que dimita,
y contra el que se revuelven airados después
de su quinta visita a España, de la que Dios
sabe qué esperaban.
Es demasiado perceptible que la guerra es
asunto que importa poco a partidos
políticos, sindicatos, asociaciones
diversas, actores, actrices, cantantes, etc.
Ocasiones para protestar contra esa lacra y
proclamar sus ansias de paz han tenido en
abundancia, y ahora mismo no les faltan para
hacerlo. Basta mirar el continente africano,
a algún país hispanoamericano, Chechenia,
Oriente Próximo... Lo que sucede es que
todas esas guerras, tan terribles, tan
tenebrantes y odiosas, son poco rentables en
términos electorales puesto que no pueden
cargarlas en la cuenta de Aznar. Que este és,
en definitiva, el secreto de la cuestión.
Por eso, las concentraciones nos han dejado
algunas reveladoras enseñanzas, mereciendo
destacarse la proclividad de comunistas y
socialistas hacia la democracia directa,
esto es, a la democracia vociferante y
bullanguera, de pancartas y denuestos, que
desprecia el dictado de las urnas (¿no eran
éstas la suprema expresión de la
democracia?) para enfeudarse en las
supuestas mayorías de los manifestantes y
sentenciar la ilegitimidad del Gobierno en
ejercicio. Un feroz trampantojo que
cuestiona el sistema y lo aniquila a favor
de una dictadura enmascarada que acaba
practicando siempre el más audaz, el más
bochinchero, el menos escrupuloso.
Proclamaba muy ufano el secretario general
de los socialistas que «Todos los millones
de personas que han salido a la calle,
comunistas, sindicalistas, socialistas,
nacionalistas democráticos, gentes de la
cultura, ciudadanos en general, de toda
clase y condición, todos somos españoles».
(ABC, 7.4.03) No lo dudo, pero ¿podría
explicarnos el señor Rodríguez Zapatero cómo
es posible que entre todos esos millones no
hubo un solo manifestante, ni uno, que
enarbolara la enseña nacional? Y ya de paso,
que nos diga qué pintaban las banderas
republicanas que sí pudimos ver con más
frecuencia de la que cabía esperar, o qué
pintaban él y sus camaradas en unos actos
donde eran las banderas republicanas las que
acaparaban el protagonismo con total
ausencia de banderas españolas. Enseñas que,
sin embargo, se exhiben con generosidad
encomiable en eventos deportivos, por
ejemplo, y que han ondeado también, bien
acompañadas por las de las Comunidades,
durante la inolvidable visita del Papa. A lo
mejor, también esto nos lo puede esclarecer
el secretario general socialista.
Lo bien cierto es que, mientras los
manifestantes no estimaron necesario
censurar a Sadam -no lo hicieron nunca-, no
tuvieron inconveniente en tachar de asesino
al presidente del Gobierno español (y
subrayo lo de presidente del Gobierno
español), al que señalaron como digno
merecedor del «cinco de copas», tarjeta de
presentación de un asesino (éste sí), a la
vez que sostenían que «Ejecutar al asesino
Aznar es legítima defensa». Que a este
extremo se ha llegado, con la complacida
aprobación de comunistas y socialistas.
Aunque verdad es que no de todos. Razón
tenía Rodríguez Ibarra cuando declaraba su
acuerdo con las manifestaciones a condición
de que no «debilitaran al Estado, ni
siquiera al Gobierno», porque «cuando los
nacionalistas ven que el Estado se empieza a
debilitar, comienzan a atacar fuertemente,
como ocurre ahora con pronunciamientos
nacionalistas muy preocupantes». Tesis en la
que insistía Francisco Vázquez defendiendo
la unidad de España frente a los
nacionalistas, alertando de que «esto va a
ser motivo de seria confrontación en España;
siento ser pesimista en un horizonte cada
vez más próximo».
No comparte Rodríguez Zapatero la
preocupación y el pesimismo de sus
correligionarios. Por el contrario, todo lo
encuentra perfectamente orientado, sin
avizorar peligro alguno, ni apreciar
divergencias de criterio en sus huestes,
aunque Elorza, alcalde de San Sebastián,
patrocine -en su bien conocida línea de
conducta- la recogida de firmas a favor de
los batasunos en el propio Ayuntamiento, y
Maragall se emperre en ir más lejos que los
nacionalistas catalanes, incluyendo en su
oferta la resurrección de la fantasmal
entelequia de los «países catalanes», en
sintonía con sus aliados de Esquerra
Republicana. Todavía más. En una reunión con
periodistas y pillado por sorpresa, abogó en
el caso del País Vasco por «el Pacto con la
Corona», que en román paladino significa
-según los nacionalistas vascos- su
reconocimiento como nación soberana e
independiente, apenas unida a la Corona por
unas ligeras puntadas. Todo un porvenir.
En ese «todo vale» que los socialistas
parecen haber adoptado como lema de su
campaña, con la esperanza de que les reporte
pingües réditos electorales, poco importa a
su secretario general que las
contradicciones alcancen enojosas
estridencias. Fuera de Valencia, por
ejemplo, machaca al PHN al que se opone sin
disimulos, instando a los organismos
europeos a que no concedan ni un euro. Aquí
asegura que no faltará agua y adelanta cuál
será la solución si se hace con el poder:
nos visitará cada vez que necesitemos agua,
porque «Siempre que vengo, llueve». Poderosa
razón de Estado, sólida y coherente.
Suele decirse que quien siembra vientos
recoge tempestades. Esa es sólo una verdad a
medias. Cuando esos vientos sacuden a la
sociedad, extienden la crispación a todos
los ambientes, encrespan los ánimos y
multiplican la confusión, no es difícil que
las tempestades descarguen en algún momento
-lo acabamos de ver- sobre los sembradores y
sobre quienes les ríen la gracia, pero
indefectiblemente acaban arrastrando a
culpables e inocentes. Y en este caso sería
España la que sufriría los mayores males,
derivados -según un conocido comentarista-
de que los socialistas han «construido su
alternativa de gobierno con el
revolucionario Llamazares, con los
antiglobalización, con autodeterministas y
mediante recursos como la Huelga General y
la violencia. Gracias a ello Zapatero puede
llegar a gobernar la Nación. E incluso a
destruirla.»
Dios no lo quiera. |