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Artículos de historia. La guerra en el
Maestrazgo en 1833 |
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El Levantamiento
Tras la proclama el 3 de octubre de 1833 en
Talavera del administrador de correos y
comandante de los voluntarios realistas
Manuel María González daría comienzo la
guerra civil conocida como primera guerra
carlista. El infante don Carlos María
Isidro, en adelante S.M.C. Carlos V, había
lanzado el día 1 de octubre su proclama
asumiendo la corona de España desde su
exilio portugués en Abrantes.
Pronto, por todo el territorio español, se
alzaron numerosas partidas favorables a don
Carlos. En este movimiento legitimista
jugaron un papel fundamental los voluntarios
realistas, el cuerpo de civiles armados
voluntarios creado en 1823 como reflejo y
contrapeso a la milicia nacional
revolucionaria. Ya el último gobierno de
Fernando VII había ordenado la
desmovilización y entrega de armas de los
200.000 voluntarios realistas existentes. La
mayoría de ellos hizo entrega de las mismas
a las autoridades, armas con las que se
equiparía al cuerpo llamado “de los urbanos”
que pretendía unificar a milicianos y
realistas pero que, en consonancia con el
signo del primer gobierno de la infanta
Isabel (llamada Isabel II) estuvo compuesto
fundamentalmente por milicianos
revolucionarios. Los realistas no ingresaron
en dicho cuerpo y los pocos que lo hicieron
fueron siempre mirados como sospechosos de
sedición por sus superiores y camaradas.
Muchos voluntarios realistas, no obstante,
no entregaron las armas sino más bien las
ocultaron, e identificados con la causa
tradicionalista del infante don Carlos, se
hallaron prestos a alzarse, temerosos de ser
víctimas de la represión que esperaban de
los gobiernos liberales.
Tras la proclama de don Carlos V varias
partidas se pusieron en marcha por Aragón,
Valencia y Murcia. Estaban compuestas a
partes iguales por un núcleo de voluntarios
realistas, la mayoría de los cuales habían
conservado sus armas y poseían cierta
instrucción militar, y también por jóvenes
descontentos que se unían a las partidas al
pasar cerca de sus viviendas. La mayoría de
ellos en situación personal precaria en
localidades en crisis por falta de industria
y por la incuria de gobiernos anteriores. El
sentimiento de que los gobiernos liberales
atacaban a la fe y a la monarquía era la
argamasa que los unía, su lealtad a don
Carlos su bandera y Altar y Trono su divisa.
Se trató pues, en principio, de una
continuación a la guerra de banderías
tradicionalistas y liberales que habían
jalonado el reinado del último rey, con la
salvedad de que ahora cada bando tenía su
propio monarca. Era la guerra civil.
En Valencia las partidas se agruparon en
torno a jefes carismáticos, normalmente
voluntarios realistas con experiencia en las
pasadas guerras, sobre todo en la de
1821-1823, algunos de ellos (no todos) con
efectiva graduación militar según el sistema
que perviviera hasta la disolución oficial
del cuerpo de voluntarios. Las bandas fueron
muchas, entre las cuales sobresalían la de
notables jefes como Manuel Carnicer, militar
en la reserva, Quilez o Miralles alias el
Serrador. Carnicer proclamó a don Carlos
como rey legítimo de España el día 28 de
octubre en La Codoñera, reuniendo una
partida de 22 hombres e iniciando por su
cuenta la sublevación.
En principio la estrategia de las partidas
fue moverse rápidamente por las zonas
rurales que conocían bien intentando
extender el levantamiento, reclutando
hombres, allegando medios y evitando el
contacto con las tropas gubernamentales,
mucho mejor armadas y entrenadas, esperando
que el levantamiento en toda España a favor
de S.M.C don Carlos V concluyera con su
victoria y entronización. Esta esperanza se
vio pronto frustrada, cuando toda la
administración y la mayoría de los
comandantes militares prestaron juramento y
lealtad a la infanta Isabel y su gobierno. |
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voluntarios realistas haciendo su entrada en
Barcelona |
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Primeros movimientos
El fracaso del levantamiento a favor de don
Carlos cambió pronto el signo de las cosas.
El gobierno ordenó al ejército acabar con
las partidas sublevadas por toda España cual
rebeldes o bandoleros. La dureza de las
primeras medidas emitidas resultó en
realidad en perjuicio de la causa isabelina,
pues muchos de los leales a don Carlos
contaban con gran ascendiente en partes
enteras de España y sobre todo en las zonas
rurales.
Tras algunas dudas iniciales, el movimiento
legitimista cobró fuerza únicamente en
Navarra y Vascongadas durante octubre de
1833. En el Reino de Valencia, como en
tantos otros, las partidas, fracasado el
levantamiento inicial, sin un plan
alternativo, faltos de víveres, armas y
municiones, quedaron en una situación muy
precaria, y con las columnas del ejército en
su persecución. Se ha de decir en su honor
que la inmensa mayoría de los levantados ni
se plantearon entregarse a las autoridades.
Los jefes optaron por seguir las vías
trilladas en espera de acontecimientos, y
pusieron en práctica las mismas tácticas que
habían empleado en la guerra de los
agraviados (malcontents) de 1827, en
la civil de 1820-1823 e incluso en la de la
independencia: retirarse a los montes,
allegar voluntarios y desde allí tratar de
escapar y mantener ocupadas al máximo a las
tropas del gobierno.
Este, fijada su atención en el frente norte,
ordenó una recluta extraordinaria para
enviar un poderoso ejército que le pusiera
fin. En el resto del país ordenó a los
gobernadores provinciales que se hiciesen
cargo de las partidas, presuponiendo que al
poco habrían de disolverse y considerándolas
poco más que bandolerismo local.
El pronunciamiento de Morella
El sur de la provincia de Tarragona, el Bajo
Aragón, el Maestrazgo y el interior de las
provincias de Castellón y Valencia fueron
las zonas más activas de los grupos
carlistas. En el Maestrazgo el encargado de
batirlas era el gobernador militar de
Morella, coronel don Carlos de Victoria.
Conocidas sus simpatías tradicionalistas,
muchos le consideraban poco fiable, pero
ciertamente había jurado fidelidad al
gobierno y había hecho numerosas protestas
de lealtad. Asimismo la plaza era conocida
por la cantidad de legitimistas notables que
en ella vivía, capitaneados por el tintorero
José Mestre, capitán de compañía de
granaderos realistas, en cuya casa se
celebraba la llamada "tertulia de la
alpargata".
Carnicer llegó el 6 de noviembre a la venta
de La Pedrera, cerca de la ciudad, desde
donde envió un mensaje a Mestre. Ambos se
reunieron en la ermita de Santa Lucía, a "un
tiro de fusil de Morella", donde convinieron
la cita con los enlaces carlistas de la
ciudad, que se celebró en el Hostal nou, a
una hora de la ciudad por la parte de
Forcall. En esta reunión, tras una larga
discusión Mestre convenció a Carnicer que la
situación aún no estaba madura y se convino
retrasar el levantamiento.
Sin embargo la impaciencia de los carlistas
iba en aumento y estalló cuando llegó a
Morella don Rafael Ram de Víu y Pueyo, barón
de Hervés y conde de Samitier, un
aristócrata que gozaba de un gran prestigio
en todo el Reino de Valencia y que
simpatizaba claramente con la causa de don
Carlos. El 12 de noviembre los legitimistas
de Morella se reunieron en el Calvario, en
la falda del castillo, en número de unos 50,
y nombraron una comisión que fue a visitar
al gobernador militar don Carlos de
Victoria, solicitándole que fueran devueltas
las armas a los voluntarios realistas,
incautadas por el decreto y que se guardaban
en el Pósito. Al día siguiente, aprovechando
que el gobernador había enviado las tropas
de patrulla por la comarca para evitar un
baño de sangre, los realistas se sublevaron.
Al volver la patrulla los carlistas cerraron
las puertas y un voluntario realista efectuó
un disparo desde la Puerta de San Mateo tras
dar el alto a la tropa, dando comienzo
oficial a la insurrección de Morella.
Tras este incidente el coronel Carlos de
Victoria, que hubiese preferido esperar
momento más favorable, vistió su uniforme y
proclamó solemnemente en la plaza de Armas
del castillo de Morella a don Carlos como
rey legítimo de las Españas el día 13 de
noviembre. Seguidamente bajó a caballo a la
plaza del mercado, donde dio el grito de
"Viva Carlos V, rey legítimo de España",
siendo respondido por cien gargantas
entusiastas. Tras hacer repetir la proclama
por toda la ciudad se reunió con los
principales de la localidad, creando una
Junta gubernativa a imitación de las que se
ocuparon de la administración de la España
libre durante la ocupación napoleónica,
compuesta de nobles, eclesiásticos y
militares. La Junta nombró presidente al
barón de Hervés; el coronel de Victoria le
cedió asimismo el mando, al tener aquel una
graduación (en la reserva) superior a la
suya.
Los sentimientos de la población por don
Carlos eran manifiestos, como certifica en
sus memorias el militar liberal Sanmartín,
que participó en las posteriores operaciones
militares: "No es de extrañar la rebelión de
Morella, porque apenas habrá otro pueblo en
España más fanático, más ignorante y más
absolutista".
Era Morella por entonces una importante
plaza en la equidistancia de los tres reinos
de la antigua corona de Aragón. Situada a 24
leguas de Tortosa, tenía 6000 habitantes y
era cabeza de un gran partido judicial que
contaba 32 villas y 35 lugares (aún hoy en
día tiene Morella el término municipal más
grande del Reino), asimismo era la capital
del distrito que había venido en conocerse
como el Maestrazgo, derivado de la región
medieval que tenía encomendado el Maestre de
la Orden del Temple, por bien que la comarca
en 1833 no tuviera exactamente los mismo
límites que la original.
Pero sin duda lo que hacía su posesión
valiosa era su estratégica posición y fácil
defensa. Situada sobre un cerro solitario,
rodeada de murallas y fosos construidos por
los árabes y coronada por un castillo desde
el que se dominaban los alrededores. Su
difícil acceso le convertía en una plaza
fácil de defender y difícil de tomar.
Además, como guarnición poseía un arsenal,
abundante munición y varios cañones que
aliviarían en gran medida la penuria de
medios de los alzados.
La estrategia del barón de Hervés fue la de
conservar la ciudad y convertirla en un
bastión sobre el que se podrían apoyar los
movimientos de tropas legitimistas de
Valencia y el sur de Aragón y Cataluña,
contribuyendo a distraer tropas
gubernamentales del norte y aliviar la
persecución de las partidas en la zona.
Asimismo, por supuesto, el golpe moral de la
caída de una plaza importante en poder de
los carlistas fuera del país vasconavarro
aumentaría el prestigio de la Causa y
animaría tal vez a otros gobernadores
secretamente legitimistas y a muchos
descontentos a alzarse. En resumen se
trataba de aprovechar el valor de la plaza
tanto desde el punto de vista estratégico
como moral y de propaganda.
No obstante también había que cuidarse de
levantar un ejército aprovechando los medios
de que se disponían para ponerlo a
disposición de las necesidades cuando el
ejército gubernamental reaccionara. A tal
efecto la Junta gubernativa expidió
inmediatamente despachos a todas las
localidades del Maestrazgo para que
acudiesen inmediatamente a Morella todos los
voluntarios realistas con las armas de que
dispusieran, para ponerse a disposición de
la Junta. Asimismo se ordenó a los alcaldes
que se envieran juntamente a todos los mozos
útiles, en lo que es el primer ejemplo de
recluta no voluntaria entre los carlistas.
Tales reclutas, como se demostró a lo largo
de la guerra en el bando isabelino,
terminaban siendo más perjudiciales que
beneficiosas, pues los soldados forzosos,
mal adiestrados y motivados, solían tener
escaso valor militar y huir con facilidad
ante el enemigo.
Hervés dispuso asimismo que se hiciera
acopio de grano, cereales y trigo, así como
todos los productos no perecederos que
hubiese disponibles en las cercanías con la
idea de poder resistir un largo cerco. Por
último se expidieron mensajeros a las
partidas dispersas que se hallaban por el
país, con el objeto de que se incorporaran a
la columna que ya se formaba en Morella. La
Junta tenía necesidad de estos elementos,
por su experiencia militar y su conocimiento
del terreno. La relación no siempre sería
buena: frente a la independencia, la
anarquía y a la guerra de guerrillas que
practicaron las partidas los políticos de
Morella deseaban formar un ejército regular
y disciplinado que se enfrentara de igual a
igual a las tropas del gobierno. Los
posteriores hechos militares y la falta de
un Zumalacárregui en el reino de Valencia
darían la razón a la estrategia de las
partidas.
De momento Hervés y de Victoria dedicaron el
mes de noviembre a adiestrar y armar a los
voluntarios venidos espontáneamente no sólo
de la comarca, sino de lugares más distantes
que habían acudido al conocer el
pronunciamiento de Morella. Entre ellos
destacaremos a 72 voluntarios provenientes
de Tortosa, de donde habían salido
desterrados hacia Barcelona el día 12 de
noviembre por orden del gobernador de
Tortosa Manuel Bretón, acusados de
simpatizar con la causa legitimista. Tras
escapar lograron llegar sin novedad a
Morella el día 15. Entre ellos se contaba un
fraile novicio trinitario llamado Ramón
Cabrera y Griñó, destinado a asociar
inmortalmente su nombre al de la guerra en
el Maestrazgo. De momento su carácter fogoso
y su capacidad de leer y escribir, que pocos
tenían, le valió ser nombrado cabo por la
Junta y adscrito a un cuerpo de tiradores,
con lo cual el religioso, de 26 años,
comenzó a ejercitarse en las armas por
primera vez en su vida. Otros tortosinos
célebres que llegaron en esa partida fueron
el capitán ilimitado don Magín Solá y el
cocinero del convento de San Blas de
Trinitarios Calzados de Tortosa. También
acudieron a la ciudad varias de las partidas
que operaban en las inmediaciones, siendo la
más destacada la del prestigioso caudillo
Manuel Carnicer, y personalidades
importantes, como el comandante de los
realistas de Líria, Vicente Gil. El coronel
Cubero era el encargado de inscribir a todos
los reclutas.
Además del Alto Maestrazgo, otras partidas
se movían por la Plana de Castellón y el
bajo Maestrazgo: la de un jefe llamado “el
Royo” dominaba el territorio entre Alcora y
Villafranca. Los comandantes de voluntarios
realistas de Torreblanca y Peñíscola
levantaron una partida de 200 hombres que
logró un raro triunfo al capturar al norte
de Valencia un convoy de carabineros y
apoderarse de un tesoro de 50.000 reales que
custodiaban. Tras este éxito se retiraron al
norte, dirigiéndose a las cuevas de Vinaroz,
donde se unieron a la partida local de
Covarsi. |
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grabado contemporáneo con una vista de
Morella |
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Acción del Coll de Vallivana
El gobernador de Tortosa, Manuel Bretón, una
vez conocida la desafección de Morella, fue
nombrado por el ministerio como encargado de
tomar la plaza y dispersar a los alzados.
Tomó éste 600 hombres de la guarnición de la
ciudad y se encaminó al Maestrazgo, con la
promesa de recibir refuerzos que enviaban
los capitanes generales de Cataluña y
Valencia.
Enterado Hervés de la venida de una columna
gubernamental tomó sus disposiciones.
Primeramente reforzó las defensas de la
ciudad, añadiendo obstáculos a los ya
naturales del terreno hasta dejar únicamente
una entrada a la que se accedía por una
empinada cuesta, y que además estaba
defendida por 4 cañones. El resto de cañones
fue emplazado en diversas baterías que
podían batir aquellos puestos desde donde el
enemigo pudiera haber emplazado su propia
artillería. Asimismo envió recados urgentes
a las partidas que se movían por el campo
con la orden de trasladarse inmediatamente
para contribuir a la defensa de la ciudad.
Bretón, tras acuartelar en Catí, llegó a las
puertas de Morella en la noche del 16 de
noviembre. El bloqueo de la plaza no fue muy
efectivo, permitiendo operar a varias
partidas en un radio considerable. Los
defensores mantuvieron a raya a las tropas
gubernamentales durante 20 días, pero la
llegada de ayuda de una columna dirigida por
el gobernador de Cuenca, así como de otra
columna del bajo Aragón dirigida por el
mariscal de Campo Rafael Hore y el brigadier
Sureda, con artillería suficiente para batir
las defensas al mando de sanmateo, obligó a
los sitiados a cambiar de táctica.
No obstante, enterado de que la importancia
del ejército tortosino era modesta y que no
sería verdaderamente temible hasta
incorporar los refuerzos, decidió Hervés
salirle al encuentro antes de que pudiera
enlazar con fuerzas de Aragón o Valencia.
Para ello se trasladó el flamante ejército
carlista a los lugares de Colomer y Coll de
Vallivana. 100 infantes fueron destacados a
Peñarroya, desde donde protegerían al grueso
de las tropas. Otros 200 fueron encomendados
para marchar por Valvanes y caer desde allí
sobre la retaguardia enemiga. Ocuparon los
carlistas además puntos estratégicos de la
sierra de Águeda y montes de Querol, desde
donde comenzaron a hostigar a la columna de
Horé apenas apareció.
Advirtió entonces Horé la celada que en el
Coll de Vallivana le habían tendido los
legitimistas. Comenzó entonces el tiroteo
por parte de su ejército al que los
carlistas, bien protegidos por su agreste
posición, no respondieron. Una compañía de
cazadores se lanzó a la carga con objeto de
desalojar al enemigo de las alturas en las
que se hallaba emplazado. Respondieron
entonces los carlistas y se entabló un
furioso escopeteo. Al mejor entrenamiento de
los gubernamentales opusieron los defensores
su ardor y buena situación. El intercambio
de fuego, sin llegar al contacto directo, se
prolongó durante largo rato, con suerte
incierta y sin que unos ni otros parecieran
cobrar ventaja, hasta que advirtió el alto
mando legitimista que una sección del
ejército liberal enviada por Bretón trataba
de cortarles la retirada marchando campo a
traviesa. Los legitimistas se retiraron a la
seguridad de los muros de Morella
El sitio de Morella y la acción de San Mateo
El 4 de diciembre se desplegó el ejército
liberal en el llano de la Batellera, Masía
del Pas y sus avanzadas llegaron al Mesón
Nuevo. Bretón sitió inmediatamente la ciudad
y comenzó a batir con su artillería la
muralla, causando algunas brechas. El cerco
que se estableció fue completo y los cañones
de los sitiados respondieron al fuego
enemigo, pero con notoria inferioridad.
La junta gubernativa de Morella, reunida de
urgencia, se decidió por tomar la ofensiva,
vista la inferioridad numérica de los
sitiadores y el poder destructor de sus
cañones y considerando además que siempre
podrían replegarse sobre la ciudad.
Según las memorias del carlista morellano
Segura se dispuso el ejército en tres
columnas: los aragoneses y parte del
batallón de Morella salieron por la puerta
de San Miguel para atacar el ala derecha de
Horé, el batallón de voluntarios de Alcalá
de Chivert y Villarreal salió por la puerta
de San Mateo para atacar el centro, y por la
izquierda los voluntarios realistas de
Vinaroz y los catalanes (entre los que se
encontraba Cabrera) salieron por la puerta
del Forcall, atravesaron el Bergantes,
subieron por la Umbría y ocuparon la
vertiente sur del Bosch. Otros batallones y
compañías ocuparon diversas posiciones en
las inmediaciones de la ciudad.
Al amanecer del día 6 de diciembre, entre el
bosque del Mas del Pas y la masía del Bosch
(a corta distancia de la ciudad) se
avistaron las fuerzas enemigas y comenzó la
reñida batalla. Los gubernamentales contaban
con 695 infantes y 32 jinetes, mientras los
legitimistas contaban 1200 hombres más 400
que saldrían de la ciudad de refuerzo a lo
largo de la lucha, si bien insuficientemente
armados y entrenados.
El combate fue enconado, empeñándose la
resistencia de los carlistas en las
posiciones de San Mateo, donde fue
encarnizada la batalla. No obstante, los
voluntarios alzados no podían compararse a
las tropas profesionales del gobierno, y
poco a poco fueron cediendo terreno. Hervés,
tras reunirse de urgencia con sus jefes
militares, decidió retirarse ordenadamente a
la seguridad de la plaza fuerte de Morella.
Desgraciadamente no era un experimentado
ejército lo que mandaba, sino uno de
bisoños. La retirada se convirtió
prontamente en desbandada. Algunos hombres,
provenientes de las partidas, regresaron a
los montes en busca de los suyos. La mayoría
se dirigió atropelladamente a la seguridad
de los muros de la ciudad, dando la espalda
al enemigo, que corrió en su persecución.
Destacó entonces, por primera vez, el cabo
Cabrera. Tras una huída inicial como todos
(que él mismo, en sus memorias confesaría
causada por “ser la primera vez que oía
silbar las balas”) se sobrepuso al pánico y,
dando muestras de gran valor, reunió y
alentó a varios dispersos. Improvisó una
sección de fusileros que disparó sobre los
perseguidores, obligándoles a ponerse a
cubierto. De esa forma logró proteger la
retirada de los últimos combatientes
carlistas, a los que seguramente salvó la
vida. Finalmente se retiró a la ciudad, sin
dejar de disparar y dar la cara al enemigo
hasta el último instante. Por esta acción el
barón de Hervás le ascendió a sargento.
Primera acción conocida en la amplia y
brillante historia militar del Tigre del
Maestrazgo.
Horé y Bretón avanzaron hasta el mesón
nuevo, a la vista de Morella, comenzando un
furioso bombardeo con sus dos piezas del 12
y 16 y un obús, aterrorizando a la
población.
Aparentemente el comandante carlista sufrió
entonces un profundo desaliento. Las piezas
de artillería gubernamentales disminuían el
valor de las murallas medievales y podían
provocar un asalto más temprano de lo que
había calculado. Tras las acciones del Coll
de Vallivana y de San Mateo había llegado al
convencimiento de que sus voluntarios
bisoños y mal entrenados no eran rival para
el ejército regular. Por otra parte incluso
pudiendo sostener un sitio prolongado, la
llegada de nuevas tropas enemigas volvería
su situación insostenible. La esperada
insurrección en Aragón y Valencia no se
producía, el gobierno parecía ir controlando
la situación. El bastión se convertiría en
ratonera y su ejército, que podría ser
valioso a don Carlos en mejor localización,
estaría sentenciado. Tras reunir a la Junta
(donde los oficiales se acusaban unos a
otros de la humillante derrota) les expuso
su parecer y escuchó las opiniones de sus
miembros, llegando a la conclusión de que
era preferible evacuar la plaza en dirección
al bajo Aragón, con la intención de unirse a
las partidas que allí operaban, entre las
que destacaba la de Nicolás Mestre en las
inmediaciones de Cantavieja, con 100
jinetes. El nuevo plan del barón era foguear
a sus tropas en combates de guerrilla, hasta
conseguir un ejército experimentado y capaz
de enfrentarse a los militares, quedando a
disposición de lo que el rey mandase, bien
dirigirse al norte a unirse a las tropas de
Cataluña, bien formar un ejército en el
centro, bien permanecer en el Maestrazgo
operando en forma de partidas para distraer
efectivos gubernamentales de otros frentes,
retomando así la idea original que había
trazado tras el pronunciamiento.
Tomada la decisión se determinó abandonar
Morella al abrigo de la oscuridad, lo cual
se llevó al efecto la noche del 7 al 8 de
diciembre, en la que salió por la puerta de
San Miguel toda la Junta con sus familias,
el estado mayor y destacados miembros del
partido legitimista, junto a 1300 soldados
con pertechos militares, bastimentos y
víveres. La comitiva rompió el cerco liberal
y tomó la carretera del norte que conducía a
Calanda. En la ciudad quedaron 300 hombres
de guarnición integrados en tres compañías
mandadas por Cosme Covarsi, Manuel Vallés y
el comandante retirado Juan Marcoval, el
jefe más importante que quedaba en tierras
valencianas. En estas compañías quedó
integrado el grupo del sargento Cabrera, que
ya comenzaba a llamar la atención de sus
superiores por sus cualidades. El 9 de
diciembre don Manuel Mestre, siguiendo
instrucciones del barón de Hervés, convocó a
los capitanes de las tres compañías,
dándoles la orden de abandonar Morella esa
misma noche para reunirse posteriormente con
la columna que ya se alejaba hacia Aragón.
La orden fue cumplida con pulcritud y con
tal sigilo (siendo la única acción
afortunada de la desgraciada campaña) que
Bretón, en la mañana del 10, ordenó
continuar el bombardeo sobre la ya
desguarnecida ciudad, no cesando este hasta
que las avanzadas sitiadoras oyeron los
gritos y “vivas a la reina” que provenían
del interior. Posteriormente se abrieron las
puertas y el ejército del gobernador de
Tortosa hizo ondear de nuevo el pabellón de
Isabel en el castillo morellano. |
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Ramón Cabrera, el Tigre del Maestrazgo, en
un grabado de la época |
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Acción de Calanda
Pronto fue avistada la columna legitimista
en marcha hacia el norte, e informado
Bretón, dejó guarnición en Morella y se
lanzó en su persecución, enviando despachos
a todas las columnas que combatían a las
partidas carlistas en las cercanías,
informándoles de lo acontecido y
ordenándoles bien incorporársele, bien
tratar de interceptar a los fugados. Una de
estas fue la del coronel Linares, que
operaba en las cercanías de Cantavieja y
que, al recibir las órdenes, y conociendo
que los carlistas se dirigían a Calanda,
optó por adelantárseles y cortarles la
retirada pese a hallarse en inferioridad
numérica, lo cual logró el 10 de diciembre.
Hervés, con el nuevo enemigo por delante y
el ejército de Bretón a los alcances, no
tuvo más remedio que aceptar el combate.
En la amanecida del 11 de diciembre se
percataron los hombres de Hervés, ya en las
cercanías de Calanda, del avance de los
liberales de Linares y dispuso su comandante
a sus 1200 hombres tras el parapeto que
ofrecía una larga cerca que iba desde el
pueblo hasta la ermita de Santa Bárbara, la
cual, algo adelantada, se convirtió en
improvisado fortín y aviso. Linares disponía
de 800 infantes, entre los que destacaban
los pertenecientes a la primera y segunda
compañía del segundo batallón del tercer
regimiento de granaderos de la guardia real
de infantería, que situó en vanguardia y que
constituían lo mejor de su columna. El
resto, voluntarios liberales locales,
urbanos e irregulares, fueron dispuestos en
guerrilla a ambas alas de la formación para
hostigar las alas legitimistas. El coronel
marchó por el centro, junto a 27 jinetes del
regimiento de Borbón.
Tras dar los carlistas el alto y ser
respondidos a tiros, se inició el furioso
combate. Los carlistas lograron muchos
blancos con certero tiro y los granaderos
liberales, enardecidos al ver sus bajas,
cargaron a la bayoneta sobre la ermita,
principal punto de resistencia enemiga. Los
morellanos se retiraron y la primera
compañía tomó el fortín, siendo enseguida
reforzada y apoyada por la segunda.
Se instaló entonces la línea liberal en
frente de la larga tapia, iniciándose un
furioso fuego de fusilería por ambas parte,
sin que ninguna de ambas cediera. El propio
Linares, con 200 hombres, marchó en columna
cerrada sobre el flanco derecho de la línea
carlista con intención de romper por allí el
frente, sin que bastasen a detenerlos las
repetidas descargas de los defensores. Tras
tres cuartos de hora de encarnizado combate
los legitimistas abandonaron sus defensas y
huyeron sin orden ni cordura. La caballería
de Borbón inició entonces su persecución,
acabando con los últimos resistentes.
Perdieron ese día los carlistas 50 hombres,
muchos otros heridos y 18 fueron hechos
prisioneros, entre ellos la esposa, tres
hijas y criados del propio barón de Hervés.
No obstante el valor de los legitimistas se
cobró 100 bajas entre el ejército
gubernamental, y si hubiesen atendido los
liberales a estos hechos en vez de fiar
únicamente en las iniciales victorias
hubiesen podido calibrar el peligro que
encerraba el valor de los novatos pero
bravos realistas del Maestrazgo.
La columna morellana, no obstante, se
deshizo, pese a los vanos intentos de su
comandante para animarles. Su fracaso y la
noticia de la prisión de su familia terminó
de hundir a Hervés. La mayoría de los
legitimistas huyó a sus casas esperando la
indulgencia de los vencedores, otros se
escondieron en casas de amigos en espera de
una oportunidad y el resto se unió a las
diversas columnas que operaban en la zona.
El sargento Cabrera logró reunir a 20 leales
con los que marchó a los montes. El barón,
con 3 o 4 allegados entre los que estaba don
Vicente Gil, trató de incorporarse a alguna
de las partidas más cercanas pero,
escondidos en el mas de Barberizas, fueron
todos descubiertos y capturados, siendo
trasladados a Teruel. El coronel don Carlos
de Victoria, también huido, fue capturado
cerca de Villamalefa, acusado de traición y
fusilado el día 29 de diciembre.
Bretón llegó al poco de la victoria de
Linares, a tiempo a dispersar a la partida
montada de Mestre, que no obstante logró
huir y con el tiempo reconstruirla. Pese a
que el gobierno consideró tras esta acción
que el carlismo había quedado dominado en
Valencia y Aragón la situación regresó en
realidad al mismo cariz que al inicio del
levantamiento: muchos carlistas habían caído
en Morella y Calanda, y muchas partidas
dispersadas, pero por cada caído se
levantaban 10 agraviados, y por cada partida
dispersaba medraban dos. Numerosas partidas
siguieron operando en el Bajo Aragón, el
Maestrazgo, la Plana, el interior de
Valencia, Játiva (donde fue fusilado el jefe
de las partidas de Valencia Mangraner, que
había mantenido en jaque a las tropas
cristinas) y hasta Orihuela y Murcia. Las
zonas rurales eran un hervidero de huestes,
formadas por voluntarios realistas,
agraviados y aventureros, que hostigaban
continuamente las comunicaciones y a las
tropas del gobierno.
Don Rafael Ram de Víu, barón de Hervás y
primer jefe del movimiento de apoyo al
legítimo rey en el Maestrazgo fue fusilado
en Teruel el día 12 de enero de 1834 junto a
don Vicente Gil, dos meses exactos después
de que la Junta gubernativa de Morella se
pronunciara por don Carlos V. No pasarían
muchos meses antes de que algunos de sus
subordinados, ya convertidos en cabecillas,
honraran su memoria reconquistando la ciudad
y convirtiendo el Maestrazgo en martirio,
tumba y pesadilla para los liberales durante
muchos años. |
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Grabado contemporáneo con una vista de
Cantavieja y el río Forcall |
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