jueves, 30 de noviembre de 2006

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Artículos de historia. El carlismo y sus mujeres. por César Alcalá 

 

Introducción

Si bien el Carlismo ha sido un movimiento político dirigido por hombres, las mujeres han tenido una importancia significativa en su evolución. Lo que ocurre, con frecuencia, es que se omiten sus nombres y se le da más importancia a otros nombres, generalmente masculinos, dejando al de las mujeres en segundo término.

Nuestra intención nos es hablar de todas las mujeres que, directa o indirectamente, han influido en los hombres que han destacado en el campo carlista. Sería un artículo demasiado exhaustivo. Por ello hemos centrado nuestra selección en cinco mujeres que, de una manera u otra, reflejan el espíritu de la mujer carlista. Son cinco mujeres que, por sí solas, merecen un reconocimiento explícito. Con ellas o, a través de ellas, deseamos homenajear a la mujer carlista.

 

Margarita de Borbón-Parma

Era hija de los Duques soberanos de Parma, don Carlos III y doña María Teresa de Borbón. Nació en Parma el primero de enero de 1847 y falleció en Viareggio el 29 de enero de 1893. Contrajo matrimonio con Carlos VII el 4 de febrero de 1867, en la capilla de Frohsdorf (Austria). Durante la III Guerra Carlista se dedicó a la fundación de hospitales. Doña Margarita fue siempre considerada como un modelo de princesa, de madre y de esposa. Fue tal la piedad y la ayuda que desempeñó en el norte de España durante la guerra, que el pueblo la bautizó con el sobre nombre de Ángel de la Caridad. En pocas palabras, doña Margarita de Borbón-Parma es el paradigma de lo que ha de ser una reina, tanto en el amor a los suyos como en su sencillez.

Del matrimonio con Carlos VII nacieron: doña Blanca, doña Elvira, doña Alicia, don Jaime. Para conocer porqué el pueblo -siempre sabio- la bautizó como Ángel de la Caridad, transcribiremos una anécdota explicada por el general carlista don Juan Pérez Nájera. La anécdota se produjo durante la III Guerra Carlista, cuando doña Blanca de Castilla fue a visitar a sus padres. La protagonista se la explicó al general Pérez Nájera en éstos términos:

A todos los viejos combatientes de las huestes de la Tradición os tengo el mismo cariño, y esto desde una ocasión que coincide con los más remotos recuerdos de mi niñez. Me parece aún estar viviendo la escena: Me llevó mi madre la Reina Doña Margarita a una de sus visitas a los Hospitales Militares, creo que al de Estella. Yo tendría unos seis años. Entré de la mano de Mamá en una sala con una fila de camas a cada lado. En la primera que llamó mi atención había un hombre lleno de vendajes manchados de sangre, que casi le tapaban toda la cara y creo que las manos. Su aspecto era horrible y me retiré hacia la puerta instintivamente, en un movimiento de miedo. ¿Qué hace Blanca?, me preguntó mi madre. ¿Por qué no te acercas conmigo? Y como quiera que mi única respuesta fuera echarme a llorar, la Reina volvió a tomarme la mano y me dijo: Hay que quererlos, pobrecitos. Están así por defendernos y otros muchos murieron luchando por nosotros. Son muy buenos y dan su sangre y su vida por España, por tu Padre el Rey, por mí y por ti misma. Me hice cargo confusamente de aquello que oía y con esfuerzo sobre mí misma me acerqué a la cama. Mamá me tomó en brazos y me hizo dar un beso sobre la frente del pobre soldado, que acaso estaba moribundo.

Esta sencilla anécdota nos demuestra la humildad y el gran corazón que poseyó don Margarita de Borbón-Parma pues, no sólo le enseña a su hija unos principios que pueden parecer básicos, esto es, la lealtad del pueblo carlista hacia sus Reyes y Príncipes, sino que la enseñanza va más allá. Si bien es cierto que el pueblo carlista ha sido leal a la familia real, esta lealtad se ha visto recompensada por la lealtad que, a su vez, la familia real carlista ha tenido hacia su pueblo. Que mejor enseñanza puede recibir un hijo de sus padres.

Maria de la Asunción de Bobadilla

Doña María de la Asunción de Bobadilla y Martínez de Arizala, nació el 15 de agosto de 1860 en Villafranca de Navarra. Era hija del ilustre prohombre carlista don Manuel de Bobadilla y Escribá de Romaní y de doña María de la concepción Martínez de Arizala y de Sabater. Por matrimonio, en 1881, con don Manuel de Llanza y Pignatelli de Aragón, era duquesa de Solferino, marquesa de Coscojuela de Fontova, condesa del Castillo de Centella, baronesa de Alcarraz y Almuniente, Princesa de Castiglione y del Sacro Romano Imperio, grande de España, entre otros título. Doña maría de la Asunción de Bobadilla falleció, el 7 de noviembre de 1898, como consecuencia del tifus, en Villafranca de Navarra.

A su muerte, toda la prensa carlista y liberal, expresó su profundo pésame a la familia, por la pérdida de tan ilustre dama. Hemos seleccionado parte de estas reseñar por considerar que, a través de ellas, el lector apreciará mucho mejor quién fue esta ilustre dama del Carlismo. La Hormiga de Oro, el martes 22 de noviembre de 1898, publicó la siguiente crónica: Muchos católicos recordarán sin duda con nosotros uno de sus hechos más hermosos y notables.

Numerosa y devota peregrinación nacional había ido el año 1880 a postrarse ante el bendito Pilar de Zaragoza.

Paseaba por las principales calles de aquella heroica ciudad imponente procesión de peregrinos. Asustada la impiedad por la manifestación grandiosa de la fe de un pueblo, hizo estallar varios petardos en medio de las apretadas filas de romeros. Ante el estruendo de dichas explosiones faltó la serenidad a algunos y la calma a muchos devotos. Cuando la procesión se interrumpía porque huían despavoridos los católicos, una señora sale de las filas y levantando el pendón de la Virgen plantase en medio de la calle a arengar a los peregrinos, alentándoles con frases elocuentes y sentidas a que sin temer a nadie ni a nada prosiguieran su camino. El acento de dichas palabras debió llegar al alma de los peregrinos, pues éstos volvieron a su sitio correspondiente, y la procesión, más compacta y entusiasta que antes, siguió su camino y llegó sin novedad al término de su jornada. La mujer que con su prodigiosa intervención había logrado el éxito obtenido era la Duquesa de Solferino.

Bien dijo de ella una ilustre dama, testigo de sus actos y admiradora de sus dotes: “La Duquesa de Solferino es una señora que posee corazón de mujer y alientos de hombre”. ¡Cómo conocía Doña María Berta de Rohan a su leal servidora y amiga!

El Diario de Barcelona escribió: distinguíanla, empero, dos cosas que en ella se acentuaban de un modo especial: su amor a los pobres y su entusiasmo varonil por la causa que sustenta D. Carlos de Borbón. En ambas había dado pruebas de carácter poco común. Madre y esposa amante, jamás sacrificó en lo más mínimo sus sentimientos a la ostentación a que su elevada posición podía haberla impulsado. Dios haya acogido en su seno el alma de la virtuosa señora.

La Tradición, de Palma de Mallorca, el 12 de noviembre de 1898 escribía: Era a último de Febrero de este año cuando habíamos acudido al muelle para despedirla de una su excursión a Mallorca con objeto de visitar a su no menos ilustre hermana la señora Marquesa de Zayas. Ella, la amabilísima e integérrima Duquesa, departía amigablemente con todos, especialmente con los que, en nombre de la colectividad carlista, habíamos acudido a tributarle el homenaje de nuestra admiración y simpatía. Llena de Esperanzas por el pronto triunfo de la causa, nos infundía a todos aliento, presagiando la verdadera REGENERACIÓN de esta patria infeliz aniquilada por los desaciertos liberales. Poco antes de levar anclas el vapor, tendía a todos la mano la entusiasta señora, saludándonos por despedida con un ¡viva el rey! Que reflejaba sus sentimientos, sus virtudes, su modo de ser en una palabra.
  S.M.C. doña Margarita de Borbón Parma
 

Francisca Guarch Folch

Francisca Guarch Folch nació en la población valenciana de Castellfort, en la comarca castellonense de Els Ports, en 1857. De ahí que la historia la conozca como la heroína de Castellfort. Deslumbrada por los relatos de su padre, veterano carlista de la I Guerra, al estallar la III Guerra salió de su casa, buscando una partida carlista, hasta San Esteban de Lerma. Vestida de hombre, luchó en el bando carlista durante siete meses. En la partida donde luchó la conocían como el valencianet. En el pueblo gerundense de Amer cortó el árbol de la libertad, fusiló a un criminal y cortejó la mayorazga del cafetero y a una casada. Su padre salió en su busca y, finalmente la encontró en Prats de Llusanés. Doña Maria de las Nieves de Braganza la condecoró, en Borredá, por su valentía y osadía. Con respecto a la heroína de Castellfort escribe Doña María de las Nieves de Braganza en sus memorias:

Un día se nos presentó un hombre del Maestrazgo y nos pidió, con mucha insistencia, que le devolviéramos a su hija, que servia, decía él, en nuestras filas. Al principio le creímos loco y le aseguramos que no había mujeres en nuestras tropas, pero él insistió, y nos dijo que su hija tenia dieciséis años y se llamaba Francisca Guarch, vecina de Castellfort, provincia de Castellón… los padres de la joven recibieron una carta suya, en la que les decía que estaba con los carlistas… la chica no indicaba con que fuerzas iba… Alfonso dijo a aquel hombre que mandaría formar la fuerza, y que entonces podía pasar la revista (el padre), y si encontraba allí a la chica, llevársela con él. Así se hizo, y vio el feliz padre a su Francisca convertida en voluntario carlista… Estaba desconsolada, porque ahora, ¡adiós filas! ¡Adiós batirse por la Religión! Único motivo por el que dejo su casa… Tenía una fuerza extraordinaria para su edad. En un combate llevo durante horas a un herido a hombros. Se distinguió siempre por su buen comportamiento y su gran valor… ¡Pobre Francisca! ¡Qué dolor el abandonar su uniforme! Antes del triste momento de despojarse de él prendí en su pecho la Cruz del Mérito Militar, que acababa Alfonso de concederle… El quedar en España era demasiado expuesto para Francisca y así que la mandamos a Francia, a Perpiñán.

A partir de éste momento su historia es confusa. Algunas fuentes aseguran que participó en la conspiración de Badalona de 1900, sin poderse demostrar dicha intervención. Francisca Guarch Folch, la heroína de Castellfort, murió el 30 de diciembre de 1903.

  Francisca Guarch Folch, la heroína de Castellfort
 

María de las Nieves Braganza

La princesa María de las Nieves Isabela Eulalia Carlota Adelaida Micaela Rafaela Gabriela Gonzaga de Paula y de Asís Sofía Inés Romana de Braganza y de Löwenstein-Werthein-Rosemberg, nació en Kleinheubach (Baviera) el 5 de agosto de 1856. Hija del rey Miguel I de Portugal y de la reina doña Adelaida. Hermana de doña María Teresa, esposa del Archiduque Carlos Luis; doña María José, esposa de Carlos Teodoro de Baviera; la Condesa de Bardi; doña Mariana, esposa del Gran Duque de Luxemburgo; y doña María Antonia, esposa de Roberto I, Duque de Parma. Se educó en el Colegio del Sagrado Corazón de Metz. El 26 de abril de 1874 contrajo matrimonio, en el castillo de Heubach (Baviera) con el Infante don Alfonso Carlos de Borbón y de Austria-Este. Tuvieron que dar fin al viaje de novios pues, en España se inició la tercera guerra carlista y Carlos VII reclamó a su hermano para que tomara el mando de los Ejércitos Reales de Cataluña.

Su participación en la guerra finalizó como consecuencia de una desavenencia entre el Infante Alfonso Carlos y su hermano Carlos VII. Éste último creyó oportuno separar los reales ejércitos de Cataluña y del Centro, formando dos fuerzas independientes. Don Alfonso Carlos no estuvo de acuerdo y pidió ser relevado del mando. El matrimonio partió de España hacia Graz, donde vivía doña María Beatriz de Austria-Este, madre del Infante. Poco después de su llegada a Graz estalló la revolución. Esto y la debilidad del Emperador Francisco José, propició que Alfonso XII de España declarara a don Alfonso Carlos culpable de una serie de delitos comunes y pidiera su extradición para juzgarle y condenarle. Ninguna potencia europea hizo caso a las pretensiones del monarca español.

Durante la I Guerra Mundial (1914-1918) María de las Nieves y su esposo acogieron a soldados alemanes y austriacos heridos en combate en sus castillos. Hay que señalar los años de peregrinaje por todo el mundo. Los Infantes recorrieron Europa, África, Asia y América. Asimismo visitaron en alguna ocasión España, camuflados bajo pasaporte argentino. En uno de esos viajes compraron la libertad de una esclava africana llamada Mabrouka. Con el tiempo su negrita, -como acostumbraba a llamarla-, fue bautizada con el nombre de Carmen. En uno de esos viajes a España pudieron comprobar de primera mano la caída de la monarquía liberal de Alfonso XIII y el advenimiento de la II República.

En el año 1931 ocurrió un hecho que marcó los últimos años de vida de los Infantes. Don Jaime de Borbón, heredero de los derechos dinásticos de su padre, Carlos VII, murió, el 2 de octubre, de una angina de pecho en París. Al fallecer sin descendencia, heredó los derechos dinásticos su tío, don Alfonso Carlos de Borbón. María de las Nieves de Braganza pasó a ser Reina de España. La aceptación de los derechos dinásticos llegó al final de una larga y dilatada vida. Pero eso no fue excusa para no seguir luchando como si tuvieran veinte años. A partir de ese momento don Alfonso Carlos dedicó todo su esfuerzo en encontrar a alguien que heredase sus derechos una vez muerto. La tarea no fue fácil. Los acuerdos con Alfonso XIII no llegaron a buen puerto. Finalmente se designó a don Javier de Borbón-Parma, -sobrino de doña María de las Nieves-, como regente, y en sus manos encomendó la misión de encontrar la persona adecuada para ser rey de España.

El rey Alfonso Carlos I, el Justiciero Misericordioso, muere en Viena el 29 de septiembre de 1936, como consecuencia de las heridas sufridas al ser atropellado por un camión. Doña María de las Nieves de Braganza murió en Viena el 15 de febrero de 1941. Su cuerpo fue enterrado en el castillo de Puccheim (Austria), al lado del de su esposo.

Le debemos a doña María de las Nieves de Braganza unas memorias, en tres tomos, donde nos narra su visión de la guerra, esto es, cómo vivió la guerra una mujer. En ellas nos explica los problemas o dificultades que tuvo por el hecho de ser mujer. Así, en una ocasión se disfrazó de labradora para que el enemigo no la reconociera: Vinieron corriendo a avisarnos que una columna enemiga iba pasar por allí… La joven señorita Antonia, de la casa, vino a ponerme un vestido de payesa (aldeana), de los suyos, por encima de mi ropa, lo que fue de un singular efecto, pues Antonia era una guapísima moza, alta y fuerte, y yo era una sardina; después se ocupó de mi tocado, cubriéndome la cabeza con un pañuelo que me ató bajo la barba, al modo que todas lo llevaban allí, y quede transformada en campesina.

En otra ocasión es un sacerdote quien hizo lo imposible para convencerla, alegando que, en vez de ayudar, estorbaba a su marido y al ejército carlista. El pobre sacerdote no consiguió su propósito: Un día vino un buenísimo cura, a quien don Vicente Ruiz nos anunciaba como persona de gran inteligencia y buen consejo. Pronto comprendí que el cura estaba trabajando por don Vicente para que me disuadiera de continuar en compañía de Alfonso, recomendándome que, al reunirse éste con las tropas, me retirara yo a un convento mientras durara la guerra… Su tema constante era el de que yo no resistiría las fatigas de una campaña… Agradecí, muy amablemente, al citado sacerdote sus buenos consejos, pero le declaré terminantemente que no me retiraría no a un convento ni a parte alguna, pues estaba decididísima a quedar con mi marido… le repetí… que ya verían quién se retiraría antes por el cansancio o falta de salud, si ellos o yo.

Finalizaremos esta semblanza con unas palabras aparecidas en el periódico El Pensamiento Navarro publicó, en 1942, que resumen lo que fue y lo que significó para el Carlismo y para los carlistas: Doña María de las Nieves representaba, al morir, toda la historia limpia y conmovedora de una familia real proscripta a la que iba unida la otra historia emocionante de quienes no quisieron ser cortesanos del triunfo y lo fueron de la adversidad para luchar y morir cuando fuera preciso o para vivir con el corazón puesto en el destierro y la lealtad al servicio y sacrificio de la Causa.

  S.M.C doña María de las Nieves de Braganza

 

Ángeles de Janer

Doña Ángeles de Janer y Milá de la Roca era hija del ilustre prohombre carlista don José Erasmo de Janer -que fue jefe regional de Cataluña- y tía de Erasmo de Janer y de Durán -asesinado por las hordas rojas el 11 de diciembre de 1936, en el Castillo de Montjuïch de Barcelona-. Pertenecía doña Ángeles a la casa de los marqueses de Moixó. Tío de doña Ángeles fue don Manuel Milá de la Roca, fundador y primer director del periódico El Correo Catalán. Nacida en Barcelona en 1864, murió en la misma ciudad en 1945.

Doña Ángeles de Janer fue, como anteriormente doña Margarita, un Ángel de la Caridad. Como escribe Antonio Pérez de Olaguer: Los pobres conocían mucho a dona Ángeles. Sabían que ella era la que les repartía personalmente las ropas (...) Doña María de los Ángeles de Janer y Milá de la Roca –dama ilustre en todos conceptos- tenía como a mayor gala y máxima honra el ser presidenta –veterana margarita- de la agrupación benéfica “Ángeles de la Caridad”.

Al proclamarse la II República, el Carlismo en general y el catalán en particular, se reactivo. Éste ha sido una característica sustancial del Carlismo. Cuando más difícil ha sido la situación del país, más incorporaciones se han producido. El primer acto importante del Carlismo catalán fue la celebración del 25 aniversario de la fundación de la Conferencia de Nuestra Señora de Montserrat. El acto se realizó en el Círculo Tradicionalista de Barcelona el 26 de abril de 1931. El acto fue presidido por doña Ángeles que, a su vez, repasó y explicó como habían sido los 25 años de la Conferencia de Nuestra Señora de Montserrat. Extraemos unos fragmentos de su discurso porque, a través de ellos, el lector conocerá un poco más a esta benemérita dama del Carlismo:

En abril de 1907 a raíz de una tómbola organizada a favor del Círculo Tradicionalista, entonces instalado en la calle llamada La Virreina, que estuvo animadísima por los numerosos lotes reunidos entre los que destacaba un alfiler de corbata de diamantes con las iniciales C. VII, donativo del mismo Augusto Señor. Durante aquellos días de venta se celebraron lucidas fiestas y se estrecharon amistades que resistieron victoriosamente los 25 años transcurridos. Entonces fue cuando se propuso la constitución de una Conferencia de Señoras que se encargara de la Sección de Beneficencia que funcionaba en el círculo.

Aceptada esta idea por el Excmo. Sr. Jefe Regional, que lo era Don José Erasmo de Janer y obtenida la aprobación del Prelado Diocesano, Eminentísimo Cardenal Casañas, se constituyó la Junta de la que fue nombrado Consiliario el Reverendo Dr. Don Ramón Valls, Pbro. Cura Párroco de Nuestra Señora de la Merced, ejemplar sacerdote y entusiasta tradicionalista. Integraban la Junta directiva: Presidenta: Marquesa de la Torre; Vicepresidenta: Doña Blanca Hamsay de Freixas; Tesorera: Doña Anita Bertrán de Trías; Vicetesorera: señorita María de Janer y Milá de la Roca.

Se proclamó Patrona de la conferencia, la Santísima Virgen de Montserrat, Patrocinio eficacísimo, pues nunca ha desamparado a la Conferencia, proporcionándole siempre lo preciso para continuar socorriendo a un elevado número de familias tradicionalistas. Inmediatamente que comenzó a funcionar la Conferencia afluyeron los pobres, y las señoras formadas por parejas, fueron de casa en casa distribuyendo socorros, consolando dolores, haciendo lo mismo que hacen hoy.

En el ejercicio de nuestra labor caritativa hemos experimentado grandes dolores al descubrir tremendos infortunios y grandes consuelos admirando altas virtudes, sacrificios hermosísimos para evitar la perdición de algún miembro de la familia, constancia y resignación en graves y dolorosas enfermedades, el entusiasmo de una anciana pobrísima que guardaba como un imponderable tesoro, un camafeo que siendo su marido Coronel de un Regimiento de Álava, le regaló Doña Margarita y que sólo en el lecho de muerte en el Sant Hospital, lo entregó a la señora que la visitaba.

Había tenido también, la Conferencia, un pequeño mártir, Eudaldo, quien apaleado por los lerrouxistas en el campo de Grassot, murió más tarde en el Hospital, conservando su amor a Dios y a nuestros principios, con gran sacrificio, pues su padre –que no compartía sus ideas- le había amenazado con echarle bajo las ruedas de un tranvía por haberle visto acompañando un Viático, a lo que el niño contestó: “Sería peor para Vd. porqué a mí sólo puede matarme el cuerpo”.

¡Dios es grande! Infinita es su grandeza; no nos es dable comprenderla en nuestra infinita pequeñez; por la grandiosidad de sus obras la columbramos cuando nos extasiamos en la contemplación del Universo. El cielo estrellado, la majestad de los elevados montes, la inmensidad de los mares penetran nuestro entendimiento de extraordinario asombro, pero su sublime grandeza se nos manifiesta lo mismo en aquella hierbecita que viva ignorada en la cumbre de una montaña o al borde de un arroyuelo que es tan admirable en sus menudísimas hojitas y de la que Dios ha tenido providencia, así como de los astros y de los mares.

Así es esta Obra, la Conferencia de Nuestra Señora de Montserrat, pequeña flor de la Iglesia en el campo fecundo del Carlismo, en el Círculo de Barcelona donde ha sido objeto de muchas y muy agradecidas atenciones.

 

Hemos repasado, a vuela pluma, la vida de cinco ilustres damas del Carlismo. No ha sido nuestra intención profundizar en sus vidas, sino ofrecer unas breves pinceladas sobre lo que hicieron o sobre cual era su pensamiento y su manera de actuar. Leídas estas páginas, sólo nos queda concluir. Y que mejor conclusión que las palabras de don Antonio Pérez de Olaguer cuando, en la glosa que realizó sobre doña Ángeles de Janer, termina diciendo: Y yo me pregunto con angustioso asombro: ¿Somos dignos los que quedamos de la memoria de los que se van?

 

 

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